la postal de John McTiernan que nos ha llegado al corazón

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Cada vez soy más consciente de que los grandes, los grandes de cualquier campo que podamos imaginar, solo necesitan el tiempo de una mirada para llenar con ella un infinito. Es un aura intangible, pero innegable, que envuelve la expresión y los silencios del que sabe y que comunica tanto o más que sus palabras.

Este año, hace solo unos días, John McTiernan ha demostrado por qué pertenece a esa estirpe de creadores capaces de llenar un infinito. En apenas 12 minutos y 11 segundos, con una honestidad y vulnerabilidad tristemente ausente de nuestro mundo mediático, McTiernan celebra la navidad con nosotros de una manera inolvidable.

Hay tanto en estos 12 minutos y 11 segundos que le pedí a Espinof que me dejaran desbarrar sobre ellos en extenso, porque si bien McTiernan se basta con ese lapso, desgranar lo que dice y conectarlo con lo que ha sido este 2020 del audiovisual obliga a ir casi frase a frase para deleitarse y comprender la grandeza de este pequeño video.

Se lo debemos, por cierto, al American Film Institute, la institución que preserva el erario del cine estadounidense y que cuenta con un estupendo canal de Youtube en el que es fácil perder muchas horas entre las bambalinas del séptimo arte.

Estoy convencido de que quien lo graba —en un plano maravillosamente casero, de cámara presente— es alguien muy querido, tal vez incluso él mismo, porque la forma de mirar que tiene McTiernan, tanto cuando sus ojos apuntan a la cámara como cuando se pierden en la distancia, apuntan a una desnudez total.

Como decía Sábato en ‘Sobre héroes y tumbas’: “Siempre es terrible ver a un hombre que se cree absoluta y seguramente solo, pues hay en él algo trágico, quizás hasta de sagrado”. Como la navidad en sí misma. La del Jingle Bells. La del “Yipi kai yei, hijo de puta“.

Palabras son planos y planos son palabras

“Cada plano es lo que es porque siempre lo pasé bastante mal haciendo general, medios y primeros planos. No lo he hecho nunca. Contar una historia no es una actividad azarosa. Hay una palabra particular puesta en un lugar específico que es la palabra adecuada. Si hablamos de una película, hay el plano adecuado. Y si tienes algo de sangre, por lo menos, vas a intentar averiguar cuál es ese plano.”

Si uno es cinéfilo, que es algo distinto, ni mejor ni peor, que ser simplemente aficionado al cine, será muy difícil no sentir una emoción especial al leer estas palabras. En mi caso, calan muy profundo porque yo soy uno de los que vivía preocupado ya no por el cine, sino por el lenguaje del cine. Las palabras del cine. Esa palabra (plano) adecuado en ese lugar específico.

Antes incluso del COVID, la edad de oro de la televisión estaba amenazando el lenguaje cinematográfico. Aguantar ficciones audiovisuales que se extienden  durante decenas de horas, que pasan por múltiples directores, implica que tiene que existir un ancla a la que agarrarse para que aquello no sea un batiburrillo.

Ese ancla se llama Biblia y viene definida por un autor o autores, los showrunners. Marca una manera específica de rodar, montar y etalonar. Define, por así decirlo, no solo el léxico sino también la sintaxis de lo que veremos sobre la pantalla. Esto implica que esas decenas de horas de cine pesan todas igual en términos estilísticos.

Escribir en un estilo cerrado de antemano es un ejercicio que todo autor debe hacer. Es muy fácil volcar la creatividad, especialmente cuando no se controla lo que se hace, en una libertad artística total. Es mucho más difícil, pero es la esencia de lo profesional, el ser capaz de contener esa creatividad en una serie de pautas (y siempre existen) que nos vienen dadas.

Pero por mucho que respete el saber cumplir con esas pautas, la edad de oro de la televisión las restringió tanto que era muy razonable temer por el futuro de la puesta en escena. Porque la era dorada de la televisión fue, sin duda, la de los guionistas.

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Las cosas, por fortuna, han ido cambiando. De momento, sobre todo en el formato de miniserie, donde es posible que un director, haciendo un esfuerzo hercúleo, firme todos y cada uno de los planos de una serie con la actitud exacta que mencionaba John McTiernan: encontrar el plano adecuado. El plano. Sin repeticiones. Sin formulismos. Enfrentarse a la secuencia, al papel, y encontrar esa poética de la imagen que lo eleva a eso que llamamos cine.

‘Maniac’ y ‘True Detective’ de Fukunaga, la tercera de ‘Twin Peaks’ de David Lynch, ‘Demasiado viejo para morir joven’ de Nicholas Winding Refn o las brillantes ‘Godless’ y ‘Gambito de Dama’ de Scott Frank, cumplen esa máxima de que el cineasta está buscando ese plano, con todas sus fuerzas, episodio a episodio.

Pero hay algo en la contención de un largometraje que obliga, a esas mentes inquietas, a crear divinamente, a buscar una poética que intenta, con esfuerzo formidable, hallar imágenes genuinas sin descanso. ‘Jungla de cristal’ (‘Die Hard’), hoy clásico de clásicos, ayer poco más que una cinta de acción de éxito, es una cinta en ese espíritu.

Hay múltiples planos-palabras que podríamos destacar de ‘Jungla de cristal’. El obvio, lo conocemos bien:

Pero hay otros muchos en los que me quiero detener un instante y que demuestran hasta qué punto es sutil esta película en sus planos, y cómo hay intención en todos ellos.

Un grupo de planos clave son los que enfrentan el primer término y el fondo del plano para transmitir el mismo concepto: “Alguien no se está enterando de qué va esto”. Ahí van:

O cómo aportó planos fundamentales para la nueva concepción de la acción, especialmente todo lo que se refiere a los planos que logran expresar la experiencia del personaje y a detallar con suspense largas acciones físicas.

Creo además que han sido fundamentales para otro medio: los videojuegos. Cada vez que nos escurrimos en un juego de acción en un conducto de ventilación, cada vez que tenemos que sufrir la tensión de recargar un arma bajo fuego enemigo o detener precariamente las aspas de un ventilador, John McClane estuvo allí.

Los reyes y nosotros

“Fue sobre 1770 o 1780. Un pinto francés llamado Davis, que no era muy bueno en su trabajo principal. Pero en los retratos que hacía aparte, por dinero… Eran retratos de gente inteligente, con mirada profunda. Era gente noble, pero no gente de la realeza, y ese era el asunto […] Los reyes perdiendo el control del mensaje.”

En la escena cumbre de ‘Mank’, una película extraordinaria pero áspera y hermética para el gran público, el personaje protagonista, completamente borracho, cuenta el argumento de ‘Ciudadano Kane’ como una fábula destinada al escarnio de su rey: William Randolp Hearst. Al terminar la fábula y vomitar frente a todos sus comensales, Hearst escolta a Herman J. Mankiewicz hasta la puerta mientras le cuenta lo siguiente:

“¿Conoces la parábola del mono organillero? El mono organillero es bajo en estatura y, habiendo sido arrebatado de la naturaleza salvaje, está naturalmente sobrecogido por la enormidad del mundo a su alrededor. Pero todas las mañanas, una dulce anciana lo viste en hermosas prendas.

Lo viste con un chaleco de terciopelo rojo adornado con botones de perlas y un apuesto fez rojo con una borla de seda. Le calza unos zapatos con brocado que caracolean en sus puntas y lo completa con una caja de música dorada con una exquisita cadena de oro ceñida a su cuello.

Cuando se aventura en la ciudad para actuar, piensa: ‘Qué tipo tan poderoso debo ser’. ‘Mira cuán pacientemente me espera todo el mundo para verme bailar’. ‘Y allí donde voy’, se piensa, ‘esta caja de música me ha de seguir y con ella este pobre hombre’. ‘Y si decido no bailar, este pedigüeño se morirá de hambre y cuando  decida bailar, todas las veces… debe tocar’. ‘Lo desee o no’.”

De esta manera sutil, y humillante en extremo, le recuerda Hearst el abismo que media entre los dos: entre el rey, él, y el bufón, Mankiewicz. Bien es verdad que la venganza del guionista será terrible, transformando en el trineo mas famoso del cine el apodo, habrá que suponer que cariñoso, a los genitales de su mujer. Pero es una escena esencial para entender el orden del mundo al que se refiere McTiernan en este tramo de la conversación. Y que a él le viene del tiempo que pasó en la cárcel por haber espiado a su exmujer y a un productor.

La experiencia carcelaria, como confesaba a la CNN en una entrevista en 2014, lo cambió radicalmente y lo curó, como un exfumador, de ser republicano. McTiernan entendió allí, seis años antes del Black Lives Matter, cómo el sistema estaba cableado para seguir creando reyes y vasallos.

Nunca se me había ocurrido leer ‘Jungla de cristal’ con esta mirada. Sí, hay elementos obvios de crítica al capitalismo dentro de una película de ficción. Pero la lectura radicalmente política que da McTiernan de la cinta se me había escapado por completo. La volví a ver para este artículo desde esta óptica y me asombró hasta que punto se me había escapado cuán profunda y sutil es la manera en la que la cinta juega, como dice McTiernan, “contra el sistema”.

El director apunta a una escena maravillosa en el comienzo del filme, cuando McClane conoce a Argyle, el novato conductor de su limusina, y ambos intercambian un diálogo memorable:

McClane: “Y ahora, ¿qué hacemos?”

Argyle: “Esperaba que me lo dijera usted. Es la primera vez que conduzco una limusina.”

McClane: “Es la primera vez que me subo a una.”

Pero la película contiene muchísimos más momentos, visuales y de guion, que apuntan indefectiblemente en una dirección. Las menciones de Hans Gruber a Forbes y Alejandro Magno, el hecho de que sean ladrones sin ningún tipo de moral o convicción ideológica, la mirada irónica de McClane cuando llega a la fiesta y lo mal que le sienta el champán rosado, el contraste entre la vestimenta impoluta de los terroristas y los secuestrados de la compañía Nakatomi y el propio McClane, que acabará sudoroso, sin zapatos, y con una camiseta que es una masa de harapos descoloridos, 640 millones en bonos lloviendo sobre Los Ángeles…

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Pero hay dos detalles, a mi mirada, que destacan sobre todos los demás.

El primero sucede en la conversación entre los dos agentes Johnson del FBI mientras sobrevuelan el Nakatomi en helicóptero. Gruber acaba de subir a todos los rehenes a la azotea porque piensa volarla por los aires con explosivos para hacer creer al FBI que todos, terroristas y rehenes, murieron en la deflagración. Pero su inmoralidad no es menor que la que manifiestan los agentes en este par de sutiles líneas de diálogo.

Agente Johnson: “¿Cuántas bajas podemos esperar?”

Agente Johnson: “Si liquidamos a los terroristas, sobre el 20, 25% de los rehenes.”

Agente Johnson: “Puedo vivir con ello.”

Atónito me quedé, ya que la escena no subraya ni con primeros planos ni de ninguna otra manera este diálogo escalofriante, al redescubrir este momento.

La segunda, también vista por primera vez por mis ojos, sucede en la mítica secuencia de la caída de Gruber. Dentro de lo colosal de la secuencia, hay un detalle crucial que puede pasar inadvertido. La manera en la que consiguen librarse del bueno de Hans es la siguiente: McClane desabrocha un reloj que lleva su mujer, Holly Gennaro. Ese reloj es el Rólex de oro que le había regalado la empresa y del que se había pavoneado Harry Ellis, el compañero que le tira los tejos a Holly, al comienzo de la cinta.

McTiernan recuerda que esta película solo puede ser así gracias a que todos (el equipo y el casting de la película) “lo entendieron“. Es un momento especialmente emocionante de este video maravilloso, porque apunta a la autoría colectiva del cine y a cómo el director está en la cúspide no para que le doren el ego, sino para conjurar una visión que luego tiene que ser entendida, digerida y completada por otro enorme equipo de artistas que harán el milagro posible.

La decencia… y Trump

“La gente de mi edad creció y maduró preocupándose por la política. Tratando de entenderla. Cuando llegamos a los 25 o 30 nos dijimos: “¿Sabes? Va a funcionar. Lo único que tenemos que ser es una clase media razonablemente bien educada y el curso de la historia haría que la decencia… Iba a funcionar. Pero estos últimos cuatro años han sido aterradores. Particularmente para la gente de mi edad, porque de pronto parece que no va a funcionar. Hay una gente genuinamente malvada ahí fuera y… Hay unas líneas de Lincoln que no dejan de resonarme en la cabeza […]. Realmente son una adaptación de una cita de Mateo: “Una casa dividida contra sí misma no puede aguantar en pie”.  Así que mi deseo para la Navidad es que todos recordéis que los autoritarios son hombres furiosos de baja estofa.”

Luego vienen unas líneas que no quiero citar, porque prefiero que el lector las descubra viendo el video en su conjunto (y reflexionando sobre él), y una sonrisa acompañada de una mirada a cámara, una mirada y una sonrisa de una hondura y dulzura que, al menos a mí, desarma.

John McTiernan, uno de los padres de la navidad en la ficción, termina un discurso de 12 minutos y calderilla en los que ha hablado del cine, del Louvre, de los reyes y los plebeyos, de la autoría colectiva del séptimo arte, de las palabras como planos y los planos como palabras, haciendo mención al Nerón de nuestro tiempo, Donald Trump, y al miedo que en la gente decente monarcas demagogos como él instiga a esa clase media asediada.

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La historia se reinicia y vuelve a sus aprendidos movimientos como si careciera de memoria, como los movimientos caprichosos, pero predecibles, de los copos de nieve cayendo lentamente en una noche navideña. Los que son ancianos, como McTiernan, perciben esta tragedia como pocos. Los que somos más jóvenes tenemos la responsabilidad, quijotesca, de refrescar esta memoria en cada una de nuestras tareas como ciudadanos. Para que la decencia, y ese futuro que siempre soñamos, no se desvanezca.

Que todo esto anide en una película como ‘Jungla de cristal’, cultura popular en el mejor sentido del término, debería coserles al fin la boca a aquellos que quieren reservar la cultura como un concilio masónico donde a más hermético, más aplaudido. La cultura es nuestro arma para soñar lo imposible como posible. La cultura es nuestra única posibilidad de redención y rebelión. La cultura es nuestra amiga del alma. Y es de todos. Más que nunca, en navidad.

Solo resta decir:

“Let it snow, let it snow, let it snow”.

[Ángel Luis Sucasas es director narrativo en Tequila Works y novelista en editoriales como Planeta, Nevsky o Dolmen Editorial.]

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