Los largos días de escarnio televisivo a Isabel Pantoja

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Kiko Rivera.

Todos los españoles, menos mi marido y el director de El Huffpost, Guillermo Rodríguez (a ellos preguntadles por la ley Celaá mejor, o por Bildu o por las vacunas), saben de qué hablo cuando digo Cantora, la herencia envenenada. Así que, dando esto por supuesto, vamos al tema.

El domingo, en el programa Viva la vida, y más de 15 días después de que Telecinco hubiera entrado en bucle con este asunto (a ojo, juntando las horas dedicadas, vosotros habríais podido sacaros el bachiller), tres de sus colaboradores tenían aún información privilegiada sobre la herencia de Paquirri y el conflicto de Isabel Pantoja con su hijo Kiko Rivera. Un tipo como José Antonio Avilés, que no sé exactamente de dónde ha salido, pero que siempre es polémico y siempre tiene documentación, datos, historias únicas que contar sobre TODO el mundo, mostró su cartapacio negro, en cuyo interior parece que había papeles exclusivos y súper importantes.

Así empezó la tarde. Vamos a estar cinco horas con esto, vino a anunciar la presentadora. Yo supuse que esos papeles (los de él y los del programa) debían ser más importantes que los papeles del Pentágono, a juzgar por el tiempo que la cadena lleva dándoles cancha, y que habrían estado antes en posesión de algún notario o similar, que es donde están habitualmente los documentos sobre herencias, testamentos, etcétera. Parece que por arte de birlibirloque esos 106 folios han ido a parar a un sinfín de manos de tertulianos televisivos, que se los han leído detenidamente.

Durante estos días de bombazos televisivos con esta historia yo sentía que era la única (junto a Guillermo y Julià, mi marido) en el territorio español que:

  1. No conocía en persona a Isabel Pantoja.
  2. No había estado nunca en Cantora ni en los alrededores.
  3. No había tenido acceso a papeles exclusivos que son, por favor, muuuuuuy fuertes.
  4. No había visto nunca los trastos de Paco (por Paquirri).
  5. No hablaba diariamente con el entorno de la tonadillera.
  6. No se había puesto en modo periodista de raza a indagar, bucear en los archivos, buscar informaciones, documentos, gargantas profundas…

Así que, sintiéndome una pringada en esto del periodismo de investigación, me dispuse a escuchar a los sabios. De pronto, oí una frase que me bajó aún más mi débil autoestima:

Muchísima gente tiene el testamento. ¿Tú te crees que es normal que lo tengamos todos nosotros y no lo tenga él, no lo tenga Kiko?—, preguntó el paparazzi Diego Arrabal, que también tiene siempre algo que contar sobre cualquier tema.

—Según me ha contado una amiga mía abogada, es el pan de cada día en herencias—, apostilló la presentadora Sandra Barneda.

En ese momento, me armé de valor y llamé a mi madre, de 90 años para preguntarle si alguien más sabía cómo iba a dejarnos su extenso patrimonio y su anillo de esmeralda azul (que a ver si va a ser falsa) a mi hermano y a mí.

—¿Qué tonterías dices?—,me preguntó ella mientras debía pensar, “esta hija mía es idiota”.

Pero yo no me quedé tranquila, la verdad. Imaginaba a equipos de redacción enteros escarbando en los papeles de mi familia y a mi madre acariciando un gato. Y luego dije, a ver Mariola, tú no eres nadie, no te preocupes. Aunque Risto Mejide y sus colaboradores se dedicaran durante tres días seguidos a ponerte a parir en su programa, NO eres nadie.

De vez en cuando, la presentadora y los tertulianos hablaban de cosas como:

  1. El cuaderno particional de la herencia.
  2. El definitivo del legado de Paquirri.
  3. El vestido de color azul pavo real que estaba en aquella misteriosa habitación.
  4. ¿Está la carrera de Isabel Pantoja tirada a la basura? ¿Venderá menos discos?

Sobre esta última pregunta Kiko Matamoros aportó luz:

—Ella tiene un público que está entre la tercera edad y la muerte ya. Y ese público tiene cada vez menos poder adquisitivo, no es como antes, y en las plataformas donde se consume música, pues ellos no están.

Pocos minutos después, la presentadora dio paso a una publicidad interna que se llama Consejos para envejecer con salud, donde Luis Lázaro, “entrenador personal especializado para seniors”, decía que al hacernos mayores tenemos más tiempo libre y podemos hacer ejercicio para ganar masa muscular. Anunciaban un suplemento para envejecer bien. Todo bien hilado. Qué buenos son, pensé.

Kiko Rivera.

Hubo conexiones varias con la puerta de la casa sevillana de Kiko Rivera, donde varios equipos de televisión llevan apostados desde que se desató la polémica. La enviada especial de Viva la vida le pidió a Kiko, en antena, con jolgorio, que dejara la “maquinita” y por favor se pusiera a ver el programa, y que a ver si salía a atenderlos. Pero Kiko estaba dentro con unos amigos muy íntimos de Madrid y no parecía que tuviera intención de aparecer.

Entonces Irene Rosales, la mujer de Paquirrín (perdón, perdón, que se me va la mano, quería decir Kiko Rivera, que es un hombre de 36 años ya, por favor), que está siempre en el plató de este programa para comentar de primera mano el tema, tuvo un bajón y llorando se levantó y se fue, y entonces Kiko salió de casa. BOOM.

Lo que veíamos en pantalla era la perorata del hijo de la Pantoja y un primerísimo plano de su mujer, llorosa. Para la periodista que llevaba tantas horas en la puerta de la casa, que Kiko hubiera dejado la maquinita y hubiera salido a hablar con ella es un triunfo profesional en toda regla que vosotros nunca podréis entender. Me consta que tras esos logros, los enviados especiales reciben las felicitaciones de la dirección y de la presentadora, a veces en antena, a veces cuando llegan a las redacciones. Eso es como un ascenso para vosotros, o como el Ortega y Gasset para los intelectuales que estáis leyendo esto.

Tras una larga conversación entre los colaboradores y Kiko Rivera, llega otra frase lapidaria:

—Estás regalando una entrevista que puede estar por encima de los 50.000 euros—, le dice Kiko Matamoros.

—Y no es la primera vez, ¿eh? Porque ¿quién le ha dicho a la gente que yo no tengo dinero?—, responde el hijo de la Pantoja—. Yo lo único que dije es que recibía una ayuda de autónomo en la que me pagaban 700 euros por todo lo que pago, al igual que la tienen todos los autónomos de este país, y tengo mi derecho de cobrarla, pero yo no he dicho que yo no tengo un duro.

Esa frase me dejó un poco loca, la verdad, y estuve a punto de llamar a Susana, mi gestora para decirle: “Oye, ¿qué? ¿Por qué él sí y yo no?”. Pero lo dejé correr tras un ataque de lucidez.

“Julián Muñoz goza de gran credibilidad y de reconocido prestigio. Así que sí él dice que vio el capote, vio el capote y punto”

El tiempo seguía. Nos acercábamos al final del programa y yo sabía lo mismo que al principio. Debí perderme en el batiburrillo porque yo seguía sin saber qué decían de nuevo esos papeles sobre los que había pivotado el programa durante cinco horas, y tantos otros especiales de Sálvame en particular y de Telecinco en general. Tampoco me quedó claro cómo estaba la tonadillera, que era algo que al principio anunciaron que dirían. Yo la imaginaba en la finca Cantora, tirando cosas al suelo tras un ataque de ira o dopada y recostada en el diván, tapada con el capote de color azul pavo real de Paquirri. O echando de menos sus años de cárcel, los que le cayeron tras su idilio con Julián Muñoz.

Por cierto, que Julián Muñoz, el alcalde corrupto de Marbella (que fue pareja de Isabel Pantoja y que, RECORDEMOS, fue condenado a siete años de cárcel por el caso Malaya, cárcel de la que salió antes de lo previsto por su grave estado de salud), fue interpelado en un programa de la televisión autonómica madrileña. Porque esto, como todo el mundo sabe, es un asunto de interés ciudadano, público, digno de ser tratado en una cadena pública, porque todos nos podemos ver metidos en herencias controvertidas, oye. El espacio de Telemadrid se llama Huellas.

Allí estaban tres contertulios a los que había visto en repetidas ocasiones en otros tantos espacios de Mediaset, hablando del mismo tema. Y allí llamaron a Muñoz para preguntarle en qué se gastaba Isabel Pantoja el dinero.

—Pues esa es la pregunta del millón —dijo con cierta sorna Muñoz, el hombre que fue condenado por cohecho, malversación de fondos públicos y prevaricación urbanística.

Después quisieron saber si había estado en aquella misteriosa habitación. Por supuesto que había estado. Allí ha estado, insisto, todo el mundo en este país menos yo. ”¿Y qué había?”, le preguntaron, ”¿qué viste?”.

—Vi un capote, la muleta y el traje que llevaba puesto cuando murió.

Lo tuvieron bastante rato al teléfono, atendiendo a sus explicaciones. Como todo el mundo sabe, Julián Muñoz goza de gran credibilidad y de reconocido prestigio. Así que sí él dice que vio el capote, vio el capote y punto.

Volvemos a Viva la vida. Estamos en publicidad otra vez, y otra vez anuncian a bombo y platillo las promos del talent Idol Kids, donde la Pantoja aparece cada lunes como jurado, sonriente y feliz, ajena al oprobio, a la carnicería, a la trituradora. Las promos acaban con frases de la cantante, escogidas al azar: “Me vas a hacer llorar” y “la que me has hecho emocionar, de verdad, has sido tú”.

Durante una de las pausas me llamó mi madre. Creía que iba a contarme que tenía un hermano secreto con el que tendría que compartir la cómoda de principios del XX que tiene en su habitación. Pero no, la mujer estaba confundida:

—¿Pero cómo acepta Isabel Pantoja ir a ese programa de Tele 5? ¡Si la están poniendo a parir! ¿Tanta falta le hace el dinero? —me comentó horrorizada.

—No, mamá, el programa se grabó hace meses. Entonces ella no sabía lo que le iba a pasar.

—Ah…—, dijo ella, lacónica.

Fue memorable también ese momento del viernes pasado, en el especial conducido por Jorge Javier, donde la entrevista a Teresa Rivera, la cuñada, estuvo salpicada por la mosca que anunciaba el talent del lunes.

Y ahora, para acabar, voy a ponerme intensa, seria, solemne. Porque yo soy frívola, pero no superficial.

Ignoro, pese a haber visto tantas horas de televisión sobre el tema, lo que está sintiendo Isabel Pantoja, cuánto dinero perciben Kiko, su mujer, la asistenta, la cuñada, el Soro y todos y cada uno de los personajes que han contribuido, que están contribuyendo estas semanas, a triturar, TRITURAR es la palabra, a la viuda de Paquirri. Ignoro cómo soporta este acoso y derribo televisivo, esas bofetadas, esos ataques nucleares que le llegan de tantos lugares mediáticos.

Un dato más: en algún programa oí algo muy del siglo XXI. Oí que todo esto que le pasa a la Pantoja, lo que lleva pasándole toda su vida, quizá se deba a aquel maleficio que le hizo en su día Lola Flores por haberse liado con el novio de su hija Lolita y haber tenido el valor de presentarse con él en un concierto. Por cierto, que ignoro también por qué Lola no le lanzó a él aquel conjuro, al fin y al cabo era él el que había tenido un compromiso con Lolita. Cosas del heteropatriarcado, supongo (colar esta palabra en una artículo sobre la Pantoja: soy grande).

“No imagino qué ha podido hacer la tonadillera en esta vida para ser objeto de tal escarnio, de tanta humillación. Me da hasta pena”

No conozco a Isabel, ni a su hijo, ni a ninguno de los personajes que circulan estos días, y no sé qué réditos económicos está dándole a la cadena y a los medios en general este contubernio. A mí lo único que me importaba de la Pantoja como personaje público era que cumpliera con su deber por los delitos económicos que cometió con dinero público. Nada más. Ni le tengo simpatía ni le dejo de tener. Aunque no imagino qué ha podido hacer tan grave en esta vida para ser objeto de tal escarnio, de tanta humillación, de tantas vejaciones. La verdad, me da hasta pena.

Pero la reflexión es esta. Quizá si su hijo Kiko Rivera no hubiera sido educado en una permanente exhibición pública, si no hubiera visto que acudir a la tele, conceder entrevistas en exclusiva, eran una buena manera de ganar dinero fácil, mucho dinero y muy fácil; si no hubiera visto que cualquier asunto familiar y personal era susceptible de ser contado, de ser vendido, de ser cobrado; si no hubiera recibido esos mensajes a lo largo de toda su vida; si no considerara que la tele es una fábrica donde él puede construir historias del mismo modo que otras fabrican tornillos; si todo eso no hubiera pasado, quizá su hijo Kiko Rivera no consideraría que ahora la televisión es también el lugar en el que rendir cuentas, pedir explicaciones judiciales, contar infidelidades, trastornos, adicciones, depresiones, conflictos sentimentales, penas de todo tipo. Recuerdo una frase de su mujer Irene Rosales en un programa de televisión que me impactó en su día:

—Kiko estaba fatal de lo suyo (adicciones diversas) y había empezado una terapia para superarla, pero TUVIMOS QUE SUSPENDERLA PORQUE TENÍAMOS QUE ENTRAR EN GRAN HERMANO VIP.

Lo digo como aviso para navegantes.

Protagonistas y secundarios del culebrón de la herencia de Cantora

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