Se reedita Montecarlo Jazz Ensamble, el disco de María Gabriela Epumer y Fernando Samalea

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María Gabriela Epumer, Fernando Samalea y Chiche Bermúdez, los cerebros de “Montecarlo Jazz Ensamble”

Montecarlo Jazz Ensamble, el disco que en 1995 lanzaron María Gabriela Epumer, Fernando Samalea y Chiche Bermúdez, se reedita; y es una gran noticia para los amantes de la música argentina. Bajo el sello RGS Music, el lanzamiento se produce 25 años después del primer álbum de este proyecto que comandaron dos de los músicos históricos de Charly García.

La placa contó con un verdadero seleccionado de músicos que se sumaron a la propuesta y que van desde Emmanuel Horvilleur, Fat´s Fernández, Jorge Navarro, Dante Spinetta, Lucas Martí, Lito Epumer, Claudia Sinessi, Nico Cota, Willy Crook, DJ Zucker, Inti Huamaní y Fabián Quintiero.

También participaron Ramiro Nasello, Fernando Lupano, Marcela Chediack, Gregorio Kazaroff, Pepo Onetto, Federico Escofet, Yasmín Elías, Fernando Nalé, Jorge González, Clea Torales, Alejandro De Raco, Laura Casarino, Floppy Bernaudo, Adi Azicri, Gillespie, Leeva, Titomega, Carlos “Patán” Vidal, Nahuel Vecino, Pato Moses, Sandra Mendoza, Fernando Kabusacki y Norberto Minichillo.

María Gabriela Epumer, una de las grandes músicas argentinas fallecida en 2003, decía de este trabajo: “Siempre estuve investigando, ya que mi tatarabuelo fue un cacique ranquel. No soy solo una chica de ciudad a la cual le picó el bichito del exotismo indígena. En el álbum incorporamos grabaciones de tobas, araucanos, mapuches o huichis, así sea por medio de samples o rapeos en esos idiomas. Inti Huamaní, un mapuche que hace política indígena, también nos orientó un poquito”.

Y agregaba: “¿Quién produjo el disco? Productor es una palabra prohibida. Cada artista vino e hizo lo que quiso. Algunos trajeron textos o improvisaron letras como el resto de los músicos. Y lo más impresionante es que cada uno escuchó algo diferente en cada canción, sintiéndola a su manera”.

Respecto al objetivo de Montecarlo Jazz Ensamble, la cantante señalaba: “Es algo que puede sonar muy romántico: queremos buscar la forma más práctica de que lo recaudado sirva para ayudar a las tribus indígenas. Nosotros fuimos como médiums de la situación, y la velocidad con que sucedieron las cosas superó a la idea. Todo se dio en una forma muy casual”.

Los Los “Montecarlo” en acción (Foto: Nora Lezano)

En su libro “Qué es un long play” (Sudamericana, 2015), Fernando Samalea recordó con lujo de detalles en qué consistió esta iniciativa que hoy vuelve a reeditarse y estará disponible en noviembre.

A continuación, el extracto que generosamente nos autorizó para compartir:

Una tarde helada de junio de 1995, merendamos con María Gabriela por el barrio de Once. No bien entrar al café de Paso 415, nos pusimos a hablar de los grandes músicos de jazz que había dado nuestro país. Ambos habíamos escuchado el disco “Red Hot + Cool, Stolen Moments” que reunía a estrellas de jazz norteamericano —Ron Carter y Freddie Hubbard entre ellas—, con artistas emergentes del rap. Nos preguntamos cómo nadie lo había hecho aquí en Argentina.

—¡Hagámoslo nosotros!—comentamos entre risas.

Cuatro o cinco giros del segundero del reloj después, el ambicioso proyecto ocupaba por completo nuestra charla. Como condición sine qua non, lo haríamos sin pretensiones monetarias, totalmente a beneficio, incluso aportando de nuestros bolsillos el costo de cintas o gastos que ocasionase la grabación. Creímos que las comunidades aborígenes, vapuleadas durante siglos, se merecían un poquito de atención.

En nuestro repentino sueño, estuvieron presentes nuevas generaciones del rap, históricos del jazz argentino, rockeros y artistas experimentales. Pero, faltaba definir unas cuantas cosas. ¿Dónde lo realizaríamos? ¿Buscaríamos un productor ejecutivo?

Otra noche de tantas, caminando por la avenida Corrientes, se presentó el dibujo del destino: yo cruzaba Rodríguez Peña hacia Montevideo, por la vereda sur, cuando la cantidad de gente me obligó a tomar un atajo por detrás de un kiosco de revistas. De repente, quedé cara a cara con Chiche Bermúdez, un simpático músico al cual había conocido años atrás en unas salas de ensayo que él regentaba por las bodegas Giol. Tras el saludo de rigor y contarle “qué andaba haciendo”, comentó que había montado un estudio sobre la avenida 9 de Julio y ofreció con generosidad sus instalaciones. Me despidió con su clásico “tudo bem” y una sonrisa de oreja a oreja.

Fernando Samalea y María Gabriela Epumer junto a algunos de los músicos que pasaron por Fernando Samalea y María Gabriela Epumer junto a algunos de los músicos que pasaron por “Montecarlo Jazz Ensamble”

—Es en Carlos Pellegrini 849, acá nomás. El timbre del segundo piso. Vengan a conocerlo cuando quieran.

Llamé a la Epumer y se puso contentísima. Comenzamos la grabación poco después del mediodía del 19 de junio. Al estudio se accedía por una puerta lateral lindante al Cabaret Montecarlo, que ocupaba toda la planta baja del edificio. Era una típica confitería de tragos, con jóvenes coperas y prostitución a la vista, que hacía mención a la casa de juego del Principado de Mónaco. Curiosamente, el primer piso lo ocupaba el consultorio de la enigmática señora Marta. Cada día, recibía la visita de un centenar de pacientes, que hacían cola hasta la calle, esperando redenciones milagrosas, mezclándose entre las chicas de provocativos atuendos. La escena cobraba un tinte surrealista. Subiendo otros tramos de escalera, se alzaba el estudio de Chiche: dos pequeños cuartos acustizados con alfombras grises, una consola de 24 canales y un grabador Fostex a cinta, de 16. Costó poco apodarlo “Loü Tec”, así, con diéresis. Un chiste, entre autóctono e inglés, sobre su supuesta “baja tecnología”. El tercer piso lo ocupaba una lúgubre pensión de caballeros, de pisos de baldosas derruidas y puertas de madera. Sobre la misma estaba la terraza, a la cual subíamos a menudo para contemplar la imponente vista de Buenos Aires, con el Teatro Colón del otro lado de la avenida y publicidades de gran tamaño de aerolíneas y gaseosas.

Lucas Martí, que contaba con 16 años, trajo su novedoso teclado W-30. Realizamos con él varios loops, que resultaron indispensables. Aparecía a cada salida del colegio Sarmiento, con el uniforme escolar y todo su talento a cuestas. Trabajábamos además sobre esas grabaciones de rituales aborígenes que yo había traído del Chaco. Otras bases las aportó DJ Zuker, incluyendo samplers de vinilos de Jaco Pastorius y Weather Report, insertados sobre voces mapuches o con sus tunnings alterados. Luego, podía tocar encima las baterías acústicas e íbamos definiendo estilos, mientras María Gabriela bosquejaba progresiones armónicas y melodías, con letras de temáticas aborígenes.

Fuimos a buscar al trompetista Fats Fernández a su casa de La Boca, quien a su vez trajo a su alumno Nacho Nasello, que sumó mucho. Otra tarde llegó también Alejandro De Raco, con su violín persa, además del pianista Jorge Navarro, cartera colgada con partituras y aspecto de galán maduro, copa de cognac y cigarro incluido.

Asistimos a “Loü Tec” —todos los días sin excepción—, hasta el seis de junio. Cada instrumento fue amoldándose a los previamente grabados y amigos y amigos de amigos venían al estudio sin avisar. De golpe, fue como un club. Se dio una suerte de ¨acid jazz¨ argentino, entre ellas los propios Kuryakis Emmanuel Horvilleur y Dante Spinetta, Navarro y Fat´s, Lito Epumer, Willy Crook, el Negro González, el Zorrito Von Quintiero o los Geo Ramma. La velocidad fue superando a la idea. Se armaban bases a la tarde y a la noche eran cantadas por diferentes artistas. Inti Huamaní, un diaguita mapuche, trajo sus quenas y aprendió algunos rudimentos de rap sobre la marcha. Fue un personaje clave, que nos divirtió con sus ocurrencias. Dante expuso su funk lírico con “Lástima” y Emmanuel también trajo algunas letras, como “Antiguos Rituales”, ¨Mundo gime con vos¨ y ¨Germinar tu alma¨, que cantó a dúo con María Gabriela.

La portada de La portada de “Montecarlo Jazz Ensamble”

Lucas —junto a sus compañeros Pato Moses y Nahuel Vecino—, aportaron “Las patadas de 7 dragones”, una canción de su grupo A-Tirador Láser. A último momento, el baterista Jorge Minicillo nos sorprendió con vocalizaciones y ritmos autóctonos en “Agua y arena”. Quizá tuvimos como aliado al destino, que hizo que los horarios coincidieran como por arte de magia y que el estudio desbordara de gente queriendo participar. Sobre todo, sirvió para que los más chicos conocieran a los jazzeros históricos y viceversa. Gracias a “Montecarlo Jazz Ensamble” —tal fue la denominación que elegimos—, conocí a Fernando Kabusacki, miembro fundador de Los Gauchos Alemanes y colaborador habitual de Robert Fripp. Medio centenar de personas transitamos un clima festivo y cordial, sin dinero de por medio, basándonos en la música de forma pura y en la curiosidad por conocernos.

Poco después, con María Gabriela logramos hacer una presentación en The Roxy de la Avenida Rivadavia, para celebrar con la mayoría de los participantes y cerrar el ciclo. La propia Ludovica ofició de Maestra de Ceremonias, desplegando su estilo ante el micrófono, mientras el pianista Navarro, Emmanuel, Minichilo, el Negro González y varios más escuchábamos desde un costado, prestos a ocupar los instrumentos…

“Montecarlo Jazz Ensamble”

Ficha técnica de Montecarlo Jazz Ensamble:

Reedición 25 años por RGS Music.

Lado A

1) Mundo gime con vos 2) Lastima 3) Antiguos rituales 4) Fuego 5) Princesa ranquel

Lado B

6) Germinar tu alma 7) Extinguidos al nacer 8) Ran 9) Las patadas de siete dragones 10) Gnechen

Ideado por María Gabriela Epumer, Fernando Samalea y Chiche Bermúdez. Grabado en Estudio Lou Tec por Chiche Bermúdez (invierno de 1995). Remasterizado en Estudio Nosfer por Nelson Pombal (primavera de 2020).

Ilustración de portada: Nahuel Vecino.

Adaptación diseño 2020: Damián Lavy.

Fotografías: Eduardo Martí y Nora Lezano.

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