Netflix recupera el espíritu de ‘Pesadillas’

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En la novela ‘Drácula’ (1897) el vampiro de Bram Stoker decidía comprar Carfax Abbey, una gran propiedad ubicada en la ciudad de Purfleet en el condado de Essex, comenzando una operación financiera que le permitiera viajar a Inglaterra, con el objetivo de infiltrarse entre la burguesía y encontrar víctimas sin hacer demasiado ruido. La película de Netflix, ‘Vampiros contra el Bronx’ trata sobre vampiros que deciden mudarse a un barrio pobre de una ciudad gigante.

El film de Netflix inmediatamente toca todos los puntos comunes de una película de género para niños, como se solían hacer en los años 80. Pese a que tenemos una saturación de ofertas, más bien dirigidas a adultos, como ‘Stranger Things’ (2016-) o ‘It’ (2017), en esta hay un espíritu más afín a ‘Los Goonies’ (1985) que en aquellas, no solo porque su protagonista adolescente da vueltas en bicicleta intentando salvar los locales del barrio que los adultos han dejado de lado, sino porque está, en esencia, más dirigida un público infantil o juvenil.

De hecho, la mezcla de niños y terror sobrenatural que sirve como piedra base para todos los posteriores revivals, es ‘Una pandilla alucinante’ (The Monster Squad, 1987) y ‘Jóvenes Ocultos’ (The Lost Boys, 1987), y es de ambas de donde ‘Vampiros contra el Bronx’ más roba la cartera. Hay demasiadas escenas fotocopiadas de ambos filmes como para no sentir que es un refrito con fragmentos de estas con el ángulo de barrio y callejero de la similar, pero en zonas empobrecidas del sur de Londres ‘Attack the Block’ (2011).

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Pero pasando esta operación de reciclaje sin mucha vergüenza, cabe entender que las películas son sus personajes y su sabor depende de los pequeños detalles. Aquí hay un grupo de jóvenes latinos y afroamericanos, provenientes de zonas en las que pocas veces se han puesto como protagonistas, por lo que, de primeras, hay un gusto diferente y algo nuevo que contar, como si fuera una versión Horror Noire de los Goonies que nadie ha hecho nunca.

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Una pandilla de chavales muy salados que descubren una trama siniestra y sobrenatural que, por supuesto, sus padres y fuerzas del orden creen que están inventando: su vecindario está plagado de vampiros que parecen salidos de ‘Buffy, Cazavampiros’. Hasta ahí no hay nada diferente, pero la gracia del film está en los detalles. La forma en la que el vecindario del protagonista desaparece a su alrededor nos enseña cómo las tiendas y zonas de ocio que conocen se ponen en peligro por el aumento de la renta.

Uno a uno, los salones de manicura y otros negocios locales van evaporándose frente a las narices de sus vecinos, reemplazados por carteles de futuros establecimientos que prometen cafés a 9 dólares. Por supuesto, la gente también está desapareciendo. La empresa detrás de todos estos negocios cerrados y nuevos planes de desarrollo son una representación física de lo que conocemos como chupasangres. Los que nos chupan el tiempo libre, el dinero del alquiler y las facturas.

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El vampiro como especulador inmobiliario

Esta reflexión de élites y vampirismo existe desde siempre, y ha habido no pocos filmes que han tratado el tema desde una perspectiva social. Quizá el más explícito fue George A. Romero en su cómic ‘Empire of the Dead’ (2013), pero tan solo acudir a la fuente, vemos que lo que cuenta ‘Vampiros contra el Bronx’ ya estaba ahí, en ‘Drácula’. Las adaptaciones más recientes se suelen centrar solo en una de las ansiedades que personificaba el vampiro de Bram Stoker: el sexo y, en particular, la sexualidad femenina liberada.

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Menos una vaga trama romántica secundaria, ‘Vampiros contra el Bronx’ no tiene demasiado interés en ese ángulo, sino otros temas subyacentes en la obra de Stoker. Drácula era en un principio un noble que existió realmente, era un invasor, el escritor transformó esa herencia en un personaje decadente un remanente de la aristocracia de Europa del Este, que llegaba a Londres para explotar a la gente británica de clase media llenos de ingenuidad. A finales del siglo XIX, existía la figura del invasor aristócrata venido a menos, con personas de colonias británicas que volvían a establecerse en el Reino Unido.

Ahora los vampiros especulan en los barrios más pobres para ubicar sus ataúdes vacíos, en un modus operandi no muy diferente a los planes de Airbnb, para que otros compañeros vengan a disfrutar de la sangre de personas de las que nadie se preocupa —¿qué son los salones de juego en barrios pobres sino una succión dirigida a los más desfavorecidos?—, de barrios en los que las investigaciones no se hacen con la misma determinación o eficiencia que en otros, porque a nadie le importa que estos desaparezcan. Camellos que trabajan para vampiros blancos, y otras alegorías simples que convierten el film de Netflix en una sátira ligera pero interesante.

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Pese a su presupuesto bajo, tiene una puesta en escena superior a la media de filmes de la plataforma, rica en planos medios y generales que la convierten en una especie de episodio largo y bien rodado de la serie ‘Pesadillas’ (Goosebumps, 1995-1998), pero el mensaje que recoge no es tan usual en productos de su categoría. ‘Vampiros contra el Bronx’ no es una película para adultos, aunque los adultos deberían saber apreciar que una película para niños hable sobre la nueva guerra de clases silenciosa en la ciudades, la especulación, la gentrificación y la burguesía, al igual que lo hacía Drácula.

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