‘Vernon Subutex’, la serie de Despentes que engancha a Pablo Iglesias

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Vernon.

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Si alguna vez fuimos alguien, fue hace más de veinte años -eso piensan todos los personajes de Vernon Subutex, la serie de Filmin basada en la novela de Virgine Despentes que acaba de recomendar Pablo Iglesias-: teníamos la música independiente, los discos revolucionarios, las grandes proclamas -antes de que se manosearan tanto-, la promiscuidad sexual, la belleza -y cuando no, gracias, ¡el atractivo!-, todo un ecosistema de posibilidades underground para los niños intelectuales y raros que querían escalar en los márgenes, donde el arte y la vida y la lujuria sí que merecían la pena, sordos al rancio mainstream. Ya nada de eso existe. El mundo ha cambiado. Nuestro protagonista, no. 

Claro que es difícil que una serie alcance el verbo de la feroz Despentes -célebre por su problemática Teoría King Kong-, que más que escribir, dispara, que es una francotiradora agudísima de las convenciones y una tocapelotas profesional: pero oigan, esta versión de su novela, al menos, lo intenta. Ciertas frases lapidarias -“tengo una norma: no hablo de amor con quien no lo ha vivido”-. Reflexiones sórdidas. Patetismo ilustrado. Un ambiente cargado, tóxico, entre el nihilismo más extremo, la ternura y la desazón. Nunca se cumplió la vida que nos prometieron. Nunca llegamos a ser quienes creíamos que íbamos a ser: todo nos arrolló primero.

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— Pablo Iglesias 🔻 (@PabloIglesias) September 21, 2020

Esta adaptación del best-sellerazo de la enfant terrible lo peta en Francia: es un análisis inteligente de todas las clases sociales de un París tristón, gélido, sin afectos, en el que se desenvuelve el bueno de Vernon, un tipo que fue lo más en los ochenta, dueño de una vieja tienda de discos -Revólver- donde se juntaba lo más granado del artisteo vanguardista. La tienda la chaparon. La ciudad nos la invadieron las grandes marcas. La música también se convirtió en comida rápida. ¿Quién nos ama, quién se acuerda de nosotros? Tal vez todo aquello era una burbuja, una ficción.

Muerte del Estado del Bienestar

En esa tensión se mueve Vernon, que ya no es tan joven, que ya no mola, que ya no sabe bien dónde están sus amigos. Al menos, hasta que le desahucian: viene la poli y sólo le dejan coger tres cosas, no le hacen caso cuando intenta sobornarlos con un viejo disco de culto -¿qué vale eso ya?- y su amabilidad es ignorada por la autoridad. Y también por los viandantes. Por los camareros. Y por los Está solo. Entonces intenta encalomarse a diferentes amigos que hace años que no ve para que le alojen en sus hogares al menos algunas noches.

Mientras sobrevive -porque esto va de sobrevivir-, consume porno compulsivamente -aunque luego es casi incapaz de tener sexo-, se droga, se excusa -¡esto es temporal! ¿cómo me van a desahuciar a mí, con lo que yo he sido?-, intenta establecer vínculos con los demás mediante la música -dedicando canciones que destripen el alma- y vaga, errante, por una ciudad que le expulsa como si fuese un órgano mal trasplantado. Por su falso Estado de Bienestar. Por una comedia humana terrible, agria, enferma que es su vida. El libro es una sátira, la serie no lo consigue con tanto ahínco: queda más bien ese poso de basura en la garganta, sin gracia posible.

La soledad de Vernon es la soledad de todos, la de la clase media venida a menos, la de los hombres y mujeres de cincuenta que hace mucho se desubicaron. No saben ni cómo quererse. No saben quiénes son. No hay dinero. Esquivan al casero. Apenas salen de casa. Viven en internet. Todo es ingrato. En medio de esa situación crítica, el protagonista se encuentra metido en un follón: uno de sus viejos amigos muere en extrañas condiciones y se abre una investigación en la que aparecen muchos más personajes y se reencuentra con antiguos colegas -ninguno triunfó, sólo el que ahora ha muerto; el resto palmó hace mucho-. Qué generación.

Hipocresías y falsa izquierda

Pasa de todo aquí: se refleja bien el espíritu del festival de Cannes, un nido putrefacto de egos donde cada uno quiere vender su moto; observamos el descalabro de los que nos fueron fraternos -como el compadre fracasado aquel que se casó con una ricachona y ahora da la matraca por ahí con sus guiones, que no se lee nadie-; y conocemos a una mujer fascinante llamada La Hiena, que hasta físicamente recuerda a Despentes y que se dedica a hundir reputaciones a cambio de pasta. Una joyita. Relaciones lésbicas, cambios de género, industria del sexo, actrices porno que leen el Corán. Todo tras un desapego terrible. Tras un fracaso mundial. Sentimental. Antropológico.

La Hiena.

Hay crítica para arriba y para abajo. La derecha siempre sale escaldada, pero la izquierda no se queda mirando. Lo dice Despentes en sus libros: “Cuando los jefes de izquierdas te contratan, te hacen firmar los mismo contratos, currar en las mismas condiciones, pero encima te piden que los admires y se ofenden si les hablas de horas extras. Cuando hay un buen puesto que cubrir, hace como los demás: colocan a su hijo, a su amante o a su sobrino”, escupe.

“Te contratan por el salario mínimo y te exprimen como a un limón, pero por la mañana deberías estar contento porque te llamen por tu nombre de pila. A él le importa una mierda que lo saluden correctamente, él va por la nómina. Si la cifra de la parte de abajo de la tuya es diez veces superior a la mía, puedes guardarte tu amabilidad”. Chimpún. Lo resumía muy bien aquel poema de Cortázar: esta serie va de lo que queda después de las fiestas.

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