un filme que da ganas de descifrar la novelística

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Una carrera en el cine para alguien con intereses verdaderamente artísticos casi nunca es llegar y, como suele decirse en esa expresión sobre costumbres de otros tiempos turbios, besar el santo. En muy pocas ocasiones, una ópera prima logra una auténtica campanada, como Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957) o Brick (Rian Johnson, 2007). Y la fortuna del neoyorkino Antonio Campos, que ahora estrena El diablo a todas horas (2020) en Netflix tras otros cuatro largometrajes, Buy It Now (2005), Afterschool (2008), Simon Killer (2012) y Christine (2016), no parece muy diferente

El diablo a todas horas está narrada con una voz en off que le confiere un tono muy literario, y nos hace pensar en los grandes contadores de historias de siempre

Conocemos la razón del título de la película en sus primeros minutos, que comienza in media res, brinca en flashbacks y está narrado con una voz en off que le confiere un tono casi a lo 1922 (Zak Hilditch, 2017), muy literario, y nos hace pensar en las fábulas trágicas y siniestras y los grandes contadores de historias de siempre. Esta circunstancia, por supuesto, acerca a El diablo a todas horas al libro homónimo de Donald Ray Pollock en el que se basa (2011) y le proporciona también una sensación de fidelidad al texto primigenio que probablemente le agrade a los espectadores que lo hayan leído y les guste.

Netflix

Visualmente no es ningún parque de atracciones, pues se limita a enfocar lo preciso en cada escena sin preocuparse por que el público disfrute de planos elaborados y movimientos de cámara sugerentes. Así y con la cuerda preocupante de la frugal partitura de Danny Bensi y Saunder Jurriaans (American Gods), que ya habían compuesto música para Antonio Campos en Simon Killer y Christine, se basta y se sobra para construir un temible relato sobre los horrores psicóticos y las locuras e hipócritas de la fe irracional y fanática en un mundo que ya no debería sufrirla de ningún modo y cuya miseria la fortalece.

Visualmente no es ningún parque de atracciones; enfoca lo preciso, sin planos elaborados ni movimientos de cámara sugerentes

El inevitable reparto coral, muy digno de confianza, lo encabeza un correcto Tom Holland (Avengers: Infinity War) como Arvin Russell, y Robert Pattinson (El faro) va en pos de él en los zapatos del reverendo Preston Teagardin. Igual que Sebastian Stan (Capitán América: Civil War) como el sheriff Lee Bodecker, Riley Keough (La casa de Jack) y Jason Clarke (First Man) encarnando a Sandy y Carl Henderson, Eliza Scanlen (Heridas abiertas) y Harry Melling (La vieja guardia) como Lenora y Roy Laferty, Mia Wasikowska (Stoker) como Helen Hatton o Bill Skarsgård (Castle Rock) interpretando a William Russell.

el diablo a todas horas antonio campos netflix críticaNetflix

Hay un jueguecillo de espejos obvio con un par de generaciones, señalado directamente en la narración con palabras, pero la imagen que se refleja en los mismos no es una hermosura sino un retrato terrible. Porque El diablo a todas horas no responde a la demanda de espectadores ñoños o cursis, aquellos que únicamente desean contemplar aventuras maravillosas con un final felicísimo, que les hagan pasar un buen rato de evasión y sentirse bien en última instancia: las muchas veces estomagantes feel good movies. Ni el escritor ni el cineasta titubean para mostrarnos la dureza de la vida y la oscuridad de las personas.

Es placentero asistir al modo en que las distintas tramas confluyen en algún punto, un ejemplo de sensatez, responsabilidad e ingenio narrativos

Y otro aspecto indudable del nuevo filme de Antonio Campos para Netflix es que resulta por completo placentero, y lo merece sin lugar para las vacilaciones, asistir al modo en que las distintas tramas en las que están implicados los diferentes personajes confluyen en algún punto, un ejemplo de sensatez, responsabilidad e ingenio narrativos con explosiones de tensión genuina. Y quizá lo mejor que se puede decir de una adaptación cinematográfica después de haberla visto es que a uno le dan ganas de leer la novela en la que se basa. Y eso es exactamente lo que ocurre con El diablo a todas horas.

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