Serie de mujeres: “La furia”

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Todas las entregas de Juego de mujeres

(Ilustración: Mapi de Aubeyzon)

“Haz brotar sangre de mi herida,

que estoy cansada de morir apenas”.

(El rencor, Silvina Ocampo)

Por momentos creo que oigo su voz y me pregunto si podré vivir sin ella. Y suponiendo que pueda, no tiene sentido. Conocí a Malena cuando teníamos once años, en el subsuelo del edificio donde vivo. Yo solía escon-derme ahí para dibujar. Me sentaba delante de la baulera del 4 “A” y copiaba dibujitos de la revista D’Artagnan. Salté del susto cuando la vi paradita con su vestido celeste, el pelo rojo oscuro completamente revuelto.

–Qué suerte que viniste, Hugo –dijo–. ¿Me dejás ser tu amiga?

Yo la conocía, por supuesto, mi viejo es el encargado del edificio y conocemos a todos. Malena y sus herma-nas se habían mudado hacía unos meses a lo de la señora Zuni, su abuela, que vivía en el edificio desde que me acuerdo. Sabía que la madre de las chicas había muerto hacía poco y que el padre había desaparecido. Según mi viejo, al tipo lo perseguían los acreedores.

Apenas se me pasó el susto, caí profundamente ena-morado de aquella chica delgadita y frágil, la tez blanca y el pelo rojo. La habían cambiado a mi escuela, la Cinco Esquinas, y desde aquel primer encuentro empezamos a ir y volver juntos. Hacíamos los deberes en mi casa y yo estaba como en trance, hechizado. La escuchaba contarme sus recuerdos de cuando veraneaban en su campo en La Pampa, que habían perdido después de la fuga del padre, y también historias del futuro que ella anticipaba. Me volvía loco su manera de bajar la mirada y levantarla de repente, mirándome fijo, como si me estuviera pidiendo que entendiera algo que no decía: un misterio, quizás angustia, seguramente por la orfandad.

Ahora me da igual. Sé que el destino es como la red de una araña, uno cae irrevocablemente en ella y queda pegado para siempre. Tal vez vivir sin ella no tenga sen-tido, pero está visto que ya no podré vivir con ella. Le confesé mi amor cuando teníamos trece y ella me miró con un candor que fue como un cuchillo. Sus ojos brillaban, después me di cuenta, como los de las serpientes. Me tomó de las manos y hundió sus ojos brillosos en los míos y me dijo, en un tono que alegaba que ella era adul-ta y madura y yo un puber incauto, que ya conocía mi enamoramiento porque ella tenía el poder de la adivinación y que el incesto volvía incompatible ese tipo de amor. Para que yo entendiera el impedimento, me contó la historia de Biblis y Cauno, hijos de Mileto, unos siameses de Grecia separados al nacer. Según el mito, dijo, Biblis amó a su hermano gemelo con amor prohibido y él huyó horrorizado. El dolor de la separación volvió loca a Biblis y vagó errante en busca de su hermano. Cuando estaba a punto de precipitarse desde lo alto de un peñasco y terminar sus días y sus penas, las ninfas, apiadadas, la transformaron en una fuente inagotable de lágrimas.

El paisaje de Grecia es igual al pampeano salvo por las montañas, justificó Malena. La abracé. Lloramos los dos, apretados, y la escuché decir que Apolo, el abuelo dios de los siameses, disgustado por la intervención de las ninfas, había condenado a la fuente a reencarnarse en diferentes humanos de cada generación y eso era ella, por eso lloraba tanto.

Mi viejo se avivó de todo. Lo vi fruncir las cejas odiando a Malena, resaltando su teoría de que era para mí una mala influencia, lo que me produjo el efecto contrario, más me pegué a ella. Ese mismo día, Malena me tomó de la mano y me arrastró escaleras arriba hasta su departamento. La abuela Zuni miraba la tele y nos encerramos en la habitación que, por lo austera, parecía de un convento. Malena se desnudó y me dijo:

–Este es mi cuerpo. Dame el tuyo.

Fue el día más feliz de mi vida. Si para ella así vivían los hermanos, yo era el hombre más suertudo del mundo. En la práctica, por más que mi viejo rabiara cuando empezamos a pasar los ratos libres pintando y dibujando, éramos novios, amantes, pareja, cualquier título que avale la adoración que yo le profesaba, como a una deidad. A mi viejo, además, lo frustraba soberana-mente que habláramos de ser artistas. Él me veía como gerente de un banco o, al menos, como cajero. Pero Malena y yo ingresamos juntos en Bellas Artes. Ese verano, en el día exacto en que Malena había predicho, murió la abuela. Sus hermanas le permitieron quedarse en el departamento; ellas ya vivían con sus parejas.

Cuando cursábamos el tercer año de carrera, Malena me insistió para asisitir al taller del maestro Gastón Poldi. Yo estaba poco convencido, me parecía suficiente ir a las clases del centro cultural de La Boca, pintar en el departamento de Malena, pasar los días enteros con ella. Pero insistió y yo accedí porque no quería negarle nada. Nos tocó una sala oscura en la planta baja. En la de al lado pintaban unos chicos a quienes apodamos “los párvulos”. Tenían nuestra misma edad pero nos parecían unos caídos del catre. Asistían al taller de Poldi desde el año anterior y los muy tarados ya creían haber percibido lo que los compradores suponían que era la vanguardia en las artes plásticas. Componían sus cuadros con dibujos animados de Disney a los que les pegaban recortes de diarios. Lo peor era que vendían mucho y nosotros, obviamente, todavía no habíamos logrado que nos prestaran un poco de atención.

Un día, el maestro Poldi le dijo:

–Lo tuyo es nada más que decorativo, Malenita. Pintás para señoras elegantes que no quieren que nada las impresione, sólo un touch de color para “levantar el living”. ¿Acaso no tenés nada que decir, Malena?

–Es lógico que Poldi te trate así –le dije yo–. Con esa cara de limosna que ponés, ¿buscás expiar los pecados de tu clase?

Las de la sala de arriba (que en realidad era el entre-piso), alentadas por los comentarios del Maestro, tilda-ban la obra de Malena como simples “redondeles esnobs”, y ella fingía que sus críticas no le hacían mella.

Yo pintaba figurativo. Dibujaba una mujer joven de cabello rojo que galopaba desnuda a caballo, aferrada a unas riendas invisibles, una especie de Lady Godiva de las pampas. Siempre lo mismo, en distintas versiones que sólo variaban el ángulo y la distancia.

A fin de año, Poldi anunció la muestra grupal de los integrantes del taller en la galería Elsí del Río. Estábamos todos: las chicas de la sala de arriba, Poldi, Malena y yo, los párvulos y los de pintura mural, que en enero exponían en México. Repaso las fotos de ese día y todo está muy claro: Poldi pasa una mano por la cintura de Malena y yo, del otro lado, sonrío. Malena tiene puesto el vestidito sin breteles que siempre usaba para los eventos.

Los talleristas llamábamos “maestro” a Poldi un poco en broma y un poco por admiración; y también porque sabíamos que era vanidoso; el apelativo lo envanecía: a los cuarenta y siete todavía era demasiado joven para ser llamado así. Y la noche de la muestra, en el bodegón al que fuimos todos después del cierre, me di cuenta de que perforaba a Malena con la mirada. Repentinamente, ella torció la cabeza, me miró fijo y me preguntó si me parecía que podía pasar algo entre el Maestro y ella. Como un imbécil, me levanté y me fui.

A las seis de la mañana del día siguiente, llamó por teléfono. Atendió mi viejo, que volvía de baldear la vereda. Me parece que algo le pasa a la tilinguita, me dijo. Malena me citó en el bar de la esquina de casa, sobre Berutti. Me contó que se había acostado con Poldi. Que él la había invitado a tomar un trago, fueron a un bar, uno sobre la calle Defensa, pidieron vodka y Poldi criticó a todo el mundo menos a ella y a mí. Me contó que Poldi le había dicho que las chicas del cuartito de arriba se le tiraban encima pero él estaba acostumbrado y jamás se aprovecharía de su poder de profesor: tenía sus códigos. Que ella tenía un cuello como las mujeres de Modigliani y por eso le quedaba bien el pelo cortito (se lo acababa de cortar); su cuello largo era hermoso. Y que salieron del bar a las dos de la mañana y Malena le propuso ir a su casa.

–¿Vos te le tiraste a él, Malena? –salté yo. Respondió que Poldi le había preguntado si ella y yo no estábamos juntos y que le había explicado que nosotros éramos más que amigos, ¡éramos hermanos! Poldi entonces le dio un beso áspero, tan áspero que ella titubeó durante unos segundos.

Su recuerdo era borroso. Recordaba varias escenas idénticas una a la otra, como si la noche hubiese sido una sucesión de escenas iguales: Poldi la tomaba de los brazos, la miraba a los ojos, ella se doblaba hacia atrás, arqueaba la espalda, la nuca tocaba el suelo, la cama, el sofá, y, si no hubiese sido por las manos de Poldi, que la sujetaban de los brazos, se hubiese golpeado contra el piso.

–Ahora quiero pintar, mi amigo del alma, mi adorado, pintar ya mismo y que sea el lenguaje visual el que hable.

–No lo puedo creer –grité tan fuerte que la gente alrededor de nosotros me miró, sobresaltada–: ¿Te cuidaste, Malena?

Tuvo el tupé de decirme que no y me indigné más todavía. Me acuerdo que me puse de pie y me senté varias veces. Malena me pidió que me quedara quieto, le dolía la cabeza. Quise llevarla al Hospital Fernández. –El viejo sale de putas, Malena. Y no vas a creer que pueda quererte, ¿no? Poldi no tiene capacidad para querer a nadie. Pusiste el cuerpo, sacaste el cuerpo, ¿entendés? Un polvo es nada más que un polvo, no pasó nada. Eso sí: si antes Poldi no te respetaba, menos te va a respetar ahora.

–Sé  perfectamente  lo  que  hago  –dijo  Malena–.

Porque quiero un hijo.

Entonces enloquecí. La tomé de los hombros y la levanté de la silla.

–¿Un hijo, querés? Yo te doy un hijo.

–Vos y yo no podemos tener un hijo, somos hermanos.

–Sólo conmigo podés tener un hijo, Malena. Sos débil. Manipulable.

Comprendo que esa última palabra le haya dolido, como una herida vieja o incurable. La abracé y camina-mos abrazados hasta el departamento y dormimos hasta el mediodía. Cuando abrí los ojos la vi acostada a mi lado, la cabeza apoyada en un codo, mirándome.

–Me traicionaste –le dije.

Las cosas en el taller se complicaron. Poldi trataba a Malena peor que antes. Sé que ellos estuvieron juntos cuatro noches más y un miércoles, después del taller, en la cocinita de la planta baja, él la acusó de haber chismoseado el asunto. Malena lo negó, Poldi la insultó llamándola burguesa–que–pinta–para–zafar–de–su– tedio. Malena se desparramó en llanto sobre el piso de la cocinita.

Al final de esa semana, le recomendé que no fuera más al taller. Y otra tarde, ya momentáneamente olvidados del taller, empecé a hablarle de lo nuestro. Para ella, no existía “lo nuestro”.

Apreté los puños antes de decirle:

–No me parece gracioso. Con eso no se juega, Malena.

Me rogó que la perdonara pero yo me fui de su habi-tación y no nos vimos durante varios días. Sabía por mi viejo que llamaba a casa y que tocaba el timbre. Cuando una semana después me encontró en el palier de entrada, me dijo que había aceptado un cargo de profesora full time en el colegio. Me miró esquiva. Me fui sin hacer ningún comentario y dejamos de vernos durante dos o tres semanas, hasta que volvió a tocar el timbre de mi casa. La vi cambiada, madura, la mirada tranquila. Casi sin que mediara palabra, dijo:

–Conocí a un coleccionista. Me compró un cuadrito que estaba colgado en aquel bodegón de San Telmo al que fuimos después de la muestra del taller, ¿te acordás?

– ¿Y por qué tenías un cuadro colgado ahí?

–El dueño me lo propuso un día que fui a almorzar sola; dos días después me llamó el coleccionista. Preguntó, se contactó conmigo y me encargó un cuadro de dos por uno y medio. ¿No estás contento por mí, Hugo?

–No puedo creer que no me lo hayas presentado.

–Te llamé mil veces. Te dejé mil mensajes.

El departamento de Malena es un piso antiguo, de estilo. En su cuarto, a la derecha de la ventana está su cama de hierro, debajo de la ventana un sofá tapizado en pana roja repleto de almohadones de colores y, detrás del sofá, un balconcito tupido de plantas de hojas grandes y viscosas. La cocina es enorme pero ella tiene sólo una mesa rebatible y una heladera que zumba como un enjambre de mosquitos. Aquella tarde había pinturas estiradas en bastidores por todas partes.

Admiré lo que estaba pintando. Se notaba un cambio en ella. Me impresionó mucho. Le pregunté si había usado polvo de mármol. Dijo que no y me pareció que mentía. Me agaché a mirar una de las telas de cerca. La raspé con la uña. Le dije que una de las chicas del taller había empezado a usar esa técnica y la había desechado porque la convencimos de que estaba demasiado vista.

–No es polvo de mármol, Hugo. ¿No ves que es mucho más espeso? El coleccionista dijo que nunca había visto figuras caladas así, que se salen de los bastidores y que parecen dibujos en 3D. Sólo troquelado. Y mirá que él por su trabajo se la pasa viendo obra en todas partes del mundo.

La noté distante, menos frágil, entusiasmada, quizás independiente. Alguien zapateaba en el piso de arriba mientras decía “no, no, no” y alguna televisión bramaba una sirena de policía o de ambulancia. Además, un oboe. Alguien tocaba el oboe y sentí que perdía la cordura. Oí, como en un eco lejanísimo, que Malena decía que podría lograr una vivencia del trazado, un diálogo entre lo abs-tracto —que era lo viejo en ella— y lo figurativo, que era lo nuevo. Le dije que con los del taller íbamos a hacer una muestra conjunta. Gracias a la buena gestión de Gastón con el Gobierno de la Ciudad, habíamos conseguido gratis un espacio en el Borges. También le dije que Gastón estaba pintando como nunca, y que habían venido del Museo Sívori a proponerle una retrospectiva con libro personal incluido.

–¿El Maestro pregunta por mí? –dijo.

No respondí y se hizo un silencio largo de tres o cua-tro minutos hasta que me fui. Cerré la puerta de un por-tazo. No vi a Malena durante tres semanas. No le contesté el teléfono y me escondí cuando tocaba el timbre de mi casa. Escuché a mi viejo, feliz con nuestra separación, inventando que yo había perdido el celular, y que me dejara en paz. Que yo estaba tranquilo por primera vez desde que nos habíamos conocido, que pronto ten-dría una entrevista para un buen trabajo en la secretaría de cultura de la ciudad. Cuando mi viejo cerró la puerta, sentí que el corazón se me trituraba.

Subí a su departamento cuando pude asegurarme que ella no estaba. Miré sus cuadros nuevos apoyados contra la pared. Comprobé que los había hecho con polvo de mármol. En la época en que todo parece más de lo mismo, las pinturas de Malena eran sobresalientes. Me sentí dentro de la bóveda de una joyería, rodeado de diamantes, rubíes y zafiros ajenos. Tomé un cuchillo de un cajón de la cocina y rasgué uno por uno. Como la culpa era un monstruo que se me venía encima, me ahogaba y no me dejaba respirar, también tajeé mis brazos, mi cara y mi cabeza, que se había quedado sin oxígeno. Por momentos creía oír su voz y me preguntaba si podría vivir sin ella. Y, suponiendo que pudiera, ¿qué sentido tendría?

Ilustración: Mapi de Aubeyzon.

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