una perturbadora obra maestra del cine militarista

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A menudo, el género bélico y el de terror no acaban de cuajar juntos. Demasiados intentos que no conquistan la taquilla y son recibidos de forma tibia por la crítica pueden tener que ver con tono del cine de guerra, suficientemente cargado de horrores reales como para que los códigos del género hagan alguna mella, puede que por eso, ‘Ven y mira’ (Idi i smotri, 1985) sea la película de guerra más aterradora nunca rodada.

Fantasmas, zombies, experimentos, posesiones… hemos visto todo tipo de enemigos adicionales a las tropas de Hitler, pero salvo casos excepcionales de un terror más aventurero y de evasión, como la reivindicable ‘Overlord’ (2018), el efecto de juntar dos polos del mismo signo acaba anulando el poder intimidador de las imágenes, por ello, ‘Ven y mira’ es un drama antibélico en espíritu, pero una absoluta película de terror en forma y efecto. No solo por cómo está rodada, sino por el poder de sus imágenes en generar auténtica incomodidad.

A priori podría pasar como otra película de las miserias de la Segunda Guerra Mundial, pero aprovecha el lenguaje del surrealismo para sortear los tropos del cine bélico a través de una narración irreal, evitando toda emoción o escaramuza heróica y proponiendo tan solo un viaje desde la posición de una víctima y no un soldado, casi adoptando una perspectiva de primera persona como ‘1917’ (2019) pero ahondando en la dimensión trágica de la guerra, sin sentimentalismo ni misiones a contrarreloj.

Estudio conradiano del trauma

Ven y mira’ es más un viaje a las tinieblas en su concepción de Joseph Conrad. El horror que clama el personaje al final de ‘Apocalipsis Now’ (Apocalipse Now, 1979), la imagen de una visión demasiado ignominiosa como para ser mostrada, el trauma puro, eso mostraría la película de Elem Klimov. No se presta atención a la precisión histórica sino al impacto psicológico de la guerra en un individuo, como si fuera una herencia del debut de Andrei Tarkovsky ‘La infancia de Iván'(Ivanovo detstvo,1962), en la que las capas de angustia psicológica que siente Ivan, de 12 años, se transmiten un espectador que es capaz de compartir el vacío con él.

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Ven y mira’ es de las pocas piezas a la altura del film de Tarkovsky al transmitir el trauma de la guerra gracias a su trabajo de cámara subjetivo, que conmociona emocionalmente por su realismo sucio lleno de simbolismo, parece que estemos viendo un diario de vídeo de alguien que lo ha vivido, pero al mismo tiempo hay una representación etérea y de fábula del camino de Florya, un niño bielorruso que ve cómo todo su mundo se descompone cuando su país y su pueblo es invadido por las SS en 1943, observando su miedo absoluto desde la más completa inocencia.

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La película se realizó en la Unión Soviética para conmemorar la victoria del Ejército Rojo sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, pero ‘Ven y mira’ no tiene una gota de propaganda triunfalista. Desde el punto de vista de los civiles y su posición de indefensión, los nazis no aparecen como enemigos que se pueden vencer, sino una presencia inevitable, una fuerza monstruosa e inhumana, como los percibían las víctimas, marcando una diferencia con la mayoría de filmes sobre el Holocausto en la localización en el frente, en la propia llegada.

La conciencia subjetiva de Florya, que a sus 14 años trata de unirse a un grupo de partisanos locales conociendo a Glasha, una chica de su edad, que está enamorada del líder de los rebeldes. El niño queda parcialmente sordo por los bombardeos, se separa de Glasha y se encuentra en una aldea donde llegan los nazis manejando a la población serenamente para que se reúna en la plaza del pueblo, aunque Florya sabe que no es para identificarlos puesto que su pueblo ya ha sido arrasado.

Una mirada al abismo

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Esta sección de ‘Ven y mira’ está basada en la Masacre de Khatyn, un penoso episodio algo olvidado en el que toda una aldea entera fue asesinada y, según los créditos de la película, hasta 628 aldeas fueron destruidas de manera similar, incendiados con sus habitantes dentro, durante la invasión alemana de Bielorrusia, alrededor de 1943. Aunque el film de Elem Klimov no es la recreación literal de este horrible evento histórico en particular sino que le da un uso de excusa para exponer la sinrazón frustrante de la guerra.

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Además, hay una serie de imágenes fantasmagóricas que la apartan de lo meramente figurativo. Paracaidistas alemanes borrosos y desenfocados como gotas de lluvia lejanas que flotan suavemente en el cielo, que van en sintonía con el tratamiento de los invasores en todo el film. Presencias ocultas, una amenaza presente pero invisible, como espectros, lo cual hace más impactante su aparición final, cuando el protagonista está en sus manos y la sensación de inevitabilidad es ya absoluta.

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La cámara sirve como herramienta del caos, con tomas son largas y panorámicas que resaltan distintas situaciones simultáneas en un mismo plano, lo que se alterna con el elemento estético definitorio del film, los primeros planos de frente de los personajes, colocando al espectador como interlocutor del niño, creando casi una ruptura de la cuarta pared donde parece que son conscientes de la presencia de una cámara a la que pueden implorar socorro. Entre esa literalidad frontal y el uso de la música etérea y coral da una textura alucinatoria deudora de ‘El resplandor’ (The Shining, 1980) que ahora usan los popes del terror de autor A24.

Inocencia drenada

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Además hay una estructura muy poco convencional en la que se alternan grandes momentos de caos y posteriormente muchos espacios vacíos, sin que pase nada, lo cual se aleja del clásico film bélico en donde la desgracia es un pasaporte a algún tipo de redención posterior, mientras que aquí tan solo ocurre y hay un espacio de reflexión y de digestión del shock, lo que lleva a una desesperación continua que va exprimiendo la inocencia de Florya, que se transmite subjetivamente hacia una percepción empática en la mente del espectador.

Las imágenes de impacto de los horrores sobre el estado psicológico del niño se reflejan en su cara traumatizada hasta que llega a un estado zombie superado por todas las brutalidades que han sobrevenido, alcanzando un punto irreal e irracional que conecta con la forma en la que escritores como Lovecraft tratan la respuesta humana ante lo imposible, en definitiva, ante el horror incomprensible, llegando el culmen en la escena de la masacre final, rodada de forma realista, pero también con la exageración dramática de algunos detalles escalofriantes.

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Familias encerradas sin saber qué va a pasarles, el fuego y los gritos y madres tratando de sacar a sus bebés y niños por las ventanas, dejan a los soldados nazis retratados como monstruos incapaces de cualquier humanidad. La cámara cambia de punto de vista para aumentar la sensación de impotencia y claustrofobia de Florya y simula las sensaciones físicas de miedo y ansiedad para el espectador, tal como las siente el testigo involuntario, llegando a lo insoportable cuando se usa el punto de vista de la masa exterminada, atrapándonos sin salida junto a ellos.

Un film de horror puro

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El final, nos deja una pequeña nota para la esperanza, cuando Florya se niega a participar en el ciclo de violencia y elige la humanidad en vez de expulsar la rabia acumulada que sus compatriotas dejan salir, ya transformados por la tragedia. Para algunos, existe un cierto poso de optimismo, pero el resultado es casi más devastador. El niño ha quedado fracturado hasta tal punto que no podría participar en más brutalidad, una coda que puede ser nihilista en su descripción de las consecuencias de la guerra, o más odio o la anulación absoluta del individuo.

Ven y mira’ es una obra maestra brillante y visionaria. Sus imágenes sombrías y el rostro del protagonista son ya parte de la historia del cine pero lo que busca, como indica su título, que el espectador experimente una situación similar en su piel. Un ángulo sensorial para narrar imágenes perturbadoras que conecta de forma visionaria con el estilo de películas de terror posteriores, con un punto de vista en primera persona, que en los años 2000 se centraban en la crueldad como experiencia, amén de imaginería afín al género, como esas calaveras empaladas, como espantapájaros o el ojo de una vaca moviéndose frenéticamente.

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El terror más físico en el cine de hoy ubica la maldad como némesis destructora en secuestradores, submundos de cine snuff y otros terrores de la sociedad del bienestar. Sin embargo, los de ‘Ven y mira’ son conocidos y documentados, un detalle suficiente para hacerlos más terribles aun pero son hipócritamente alejados del género por la cinefilia académica más tradicional, incapaz de otorgarle la etiqueta de horror puro a una pieza de profundo valor artístico, temática histórica y carente de cualquier componente lúdico.

Libro de las revelaciones 6:7 – Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser viviente, que decía: Ven y mira.

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