Perry Mason regresa a HBO y lo hace por todo lo parada

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Cuando HBO anunció el regreso de Perry Mason hubo dudas sobre la capacidad de la producción para homenajear a la famosa serie de libros del escritor Erle Stanley Gardner que incluyen al personaje.

Pero la versión de HBO logra ambas cosas y también reflexiona de manera brillante sobre la percepción del mal contemporáneo. Todo a través de una estética noir que no disimula su herencia del género y un ritmo frenético que brindan a la serie sus mejores momentos. Para bien o para mal, la nueva versión de Perry Mason está dispuesta a explorar el trasfondo maligno, elegante y sofisticado de su personaje y lo hace con buen tino, precisión y un ingenioso guion que convierten a la serie en una rara mezcla de procedimental con algo más amargo y extraño.

Por supuesto, desde la primera escena (sangrienta, gráfica y dura) es evidente que Perry Mason intenta construir una versión sobre el submundo criminal desde lo temible. Y lo hace con mucho más interés en emular el universo del libro que el de la serie de Raymond Burr; conocida por su impecable sentido de la coherencia y un guion basado en la capacidad del personaje para el litigio legal.

Una versión oscura de Perry Mason

La versión de HBO es, de hecho, una historia de origen que despoja a Mason de su aire estilizado y le brinda un trasfondo oscuro y doloroso, que tiene mucho con el cine noir de la edad dorada de Hollywood, aunque con un ritmo mucho más mundano y menos artificioso que cualquiera de los grandes clásicos del género en la gran pantalla.

La serie muestra los lugares más inquietantes y violentos de Los Angeles después de la Gran Depresión. Y lo hace a través del recurso simple y bien construido de hacerse preguntas sobre el trasfondo invisible del personaje y sus motivaciones no reveladas. El escenario, en combinación con una impecable ambientación y una puesta en escena pulcra, hacen que Perry Mason sea algo más que un experimento afortunado y curioso, en medio de la oferta televisiva de la actualidad.

Por parajes misteriosos

Como cabría suponer, el Mason para una nueva generación es un híbrido entre el antihéroe al uso y un formidable investigador que debe batallar con sus demonios en una constante búsqueda de significado a sus decisiones.

¿Te suena conocido? Quizás se deba a que el personaje es la enésima encarnación del detective atormentado, que para la ocasión además debe soportar los propios rigores de un código moral ambiguo para enfrentarse a la violencia.

Pero aunque el guion no toca temas especialmente nuevos ni tampoco con giros originales, sí logra sostener a la propuesta con algunas decisiones inteligentes que convierten a este hombre roto y afligido en un eficaz recurso para reflexionar sobre la hipocresía moral de su época.

Perry Mason es un hombre desconsolado por un divorcio turbulento, un alcoholismo que apenas supera y por la presión de escapar a las consecuencias un momento especialmente oscuro de su vida.

Matthew Rhys (Un buen día en el vecindario) dota de tridimensionalidad a su personaje y lo hace a través de la consciente capacidad del actor para brindar una personalidad definida a uno de los detectives más famosos de la televisión.

El peso de todo

Mason tiene tics, una expresión tensa y abrumada, pero también, sostiene el show que lleva su nombre con una energía que tiene una definitiva relación con la forma como el argumento desgrana la historia. En manos menos hábiles, este Perry Mason de sombrero y con voz cascada, habría sido un tradicional cliché, pero gracias a Rhys resulta intrigante y misterioso.

Cuando el caso que el personaje lleva entre manos se convierte en un suceso mediático, la serie deja clara sus intenciones: es un procedimental de buen gusto que analiza los resquicios de la ley, el crimen y los espacios grises entre ambas cosas con cuidado. Perry Mason es la pieza más visible de un complicado y bien construido mecanismo, que reflexiona sobre la cultura de la violencia, la connotación sobre la ley como paradigma, pero que al final se basa en la integridad de los hombres a los que sigue con atención feroz.

Claro está, una narración de época está plagada de lugares comunes y Perry Mason no es la excepción: hay expresiones tensas bajo sombreros de ala, una gran cantidad de personajes que fuman cigarrillos mientras susurran de manera misteriosa y conversaciones incompletas, todo en medio de una fauna de trajes color gris de buen corte que reflejan una época más elegante y simple. Tal vez vez por eso, pareciera que el programa se toma demasiado en serio y es en exceso severo, para la forma en que la actualidad se reflexiona sobre el mundo de la ley y sus pequeños vericuetos desconocidos.

Pero en realidad, Perry Mason es un producto atípico de enorme energía e inteligencia, que intercala tomas clásicas con algo más elaborado y sustentado en una mirada sobre el hecho criminal, muy semejante al del trauma en pequeña escala.

El Mason de Rhys es un investigador intuitivo, que tiene buen ojo para los misterios y que también muestra su lado humano con cierta reserva, como el hombre solitario y angustiado que es. Pero la serie no se limita a mostrar solo los tormentos mentales y el pesimismo de su personaje, sobreviviente a la Gran Depresión y a un país en ruinas.

De manera astuta, el personaje reflexiona sobre los momentos oscuros de la nación bajo el auspicio de cierta aspiración a algo más grande que sus propios dolores personales. Y es allí, donde la serie triunfa: sin alejarse de su sentido fatalista y levemente siniestro, el argumento es capaz de enfatizar la idea de la redención y hacerlo además con buen pulso.

Con Hollywood detrás

Es interesante que la serie plantea la existencia de Hollywood en segundo plano: a pesar de la cercanía del centro motor de la trama, el argumento tiene en especial cuidado que la idea que la meca del séptimo arte sea un elemento tangencial alrededor del verdadero nudo argumental. Quizás por primera vez en mucho tiempo, la mera elocuencia del mundo del cine y su fascinante background, no es de interés inmediato para un argumento en que el podría serlo. Uno de los triunfos de Perry Mason es estar más interesado en la periferia de un universo radiante, que en su centro y quizás, es esa combinación de claroscuros, lo que mejor define la serie como producto televisivo.

Con sus toques de negrísimo sentido del humor — atención a la visita de Mason a la morgue — y su dinámico trayecto hacia la oscuridad, Perry Mason promete convertirse en un suceso discreto en medio de la espectacularidad de las series de temporada. Toda una proeza para un show de su sobria catadura.

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