¿Narrativas inocuas, narrativas fallidas? | El HuffPost

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¿Narrativas inocuas, narrativas

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Dicen que los ojos son el espejo del alma. Pues bien, las series deben ser el espejo del alma colectiva, o algo parecido. Y aunque tampoco se pueda precisar más qué puede querer decir esto, lo cierto es que en aquello con lo que nos entretenemos habita algo de lo que somos. Bien porque lo deseamos o porque lo tememos, bien porque nos configura o porque nos identificamos con ello.

En ese sentido, llama la atención la profusión de hipérboles y la sobreabundancia de argumentos extremos en las series. Las distopías se han convertido en lo nuevo normal, hay tanta variedad de asesinos en serie como de yogur, y las peleas sangrientas a golpe de hachazo son más habituales que las rabietas infantiles fuera de la pantalla. Las familias disfuncionales se prodigan al igual que los carros en los hipermercados y las conjuras, conspiraciones, traiciones y demás intrigas maquiavélicas superan en frecuencia a los memes que originan. Las metempsicosis ocurren con la misma asiduidad que los recogidos en las peluquerías y, cuando no es el caso, su lugar lo ocupa un flagrante abundamiento de desapariciones masivas y colapsos de la humanidad.

La pregunta es qué quiere decir todo esto, si es que quiere decir algo. Nadie duda de que queramos introducir ese miedo controlado en el cuerpo que nos hace sentir vivos y que nos ayuda a poner los nuestros propios en perspectiva. La cuestión es por qué tiene que ser tan extremo y retorcido. Cuando, en nuestra vida normal, una mera visita al dentista ya nos hace temblar a muchos, no digamos una carta del fisco o el desempleo pasados los cincuenta. Y si eso infunde miedo, seguramente el terror estaría representado por una herencia indivisa entre hermanos que se odian, un tumor maligno o un aborto a pocas semanas del parto.

Nadie vuelve de un relato siendo él mismo. Aunque sea transitoriamente.

Lo esencial de la pregunta tiene que ver con el modo en que consumimos narrativas y con el objetivo del entretenimiento. Es difícil no turbarse ante algunas escenas de Historias de un Matrimonio, pero apenas parpadeamos ante cualquiera de las muertes brutales de Juego de Tronos. ¿Son relatos fallidos los que cada vez necesitan chillar más para conmover? ¿O estamos ante un nuevo género que de tan lejano es irreal, y por tanto asimilable? ¿Para qué sirven la angustia, el suspense o el miedo en la narrativa contemporánea? ¿Cuánto de todo ello estamos dispuestos a digerir? ¿Qué ocurriría si se produjeran películas y series realistas sobre lo que de verdad nos aterra? 

Nadie vuelve de un relato siendo él mismo. Aunque sea transitoriamente. La suspensión de incredulidad y la identificación con los personajes nos hacen participar del la historia, y nos vemos a nosotros mismos luchando, amando, incluso muriendo. Consumimos narrativas porque el relato siempre ha sido la gran escuela donde aprender a resolver nuestros conflictos, que siempre son los mismos. Por eso existen las narrativas universales. 

La cuestión no es si nuestra tolerancia a lo desmedido va en aumento y cada vez necesitamos más muertes carniceras, más violaciones y más descalabros de la humanidad para alterarnos el pulso. La cuestión verdaderamente importante es si todas esas hipérboles consiguen cruzar el umbral de la suspensión de incredulidad. O si, por el contrario, es tan inviable identificarnos con los personajes que la narrativa se transmuta en mero entretenimiento, mientras nosotros vivimos en nuestro irreal mundo predecible y bobalicón. Un mundo en el que, pensamos, nada malo puede ocurrirnos. Si eso fuera así, la ficción como escuela para el amor y la desgracia habría perdido su esencia, trivializándose y convirtiéndose en otra fruta falsa del bodegón de los fingimientos que es nuestra modernidad.

La cuestión es si podemos sacar conclusiones de la mayoría de ficciones que consumimos hoy en día. O si, por el contrario, se han quedado simplemente en eso, en otro producto más de simple consumo.

Para muchos la secuencia de la ducha de Psicosis cambió el cine para siempre, tal vez porque inauguró el tipo de observación directa de la fatalidad que hoy es tan abundante. Sin embargo, aquella escena hoy difícilmente desviaría la mirada que siempre mantenemos en nuestros smartphones mientras vemos series. Para que eso ocurra hoy necesitamos algo realmente depravado y sanguinolento. La pregunta, una vez más, es si esa brutalidad se nos antoja menos verdadera de lo que en su día resultó la legendaria secuencia de la ducha.

Decía Stephen King que la única condición para escribir es contar la verdad. Resulta llamativo que sea el criterio de uno de los más importantes tejedores de quimeras de la historia. Pero es que esa es precisamente la misión irrenunciable de cualquier ficción: mostrar la verdad. Porque solo así podemos sacar nuestras propias conclusiones y aplicarnos el cuento, nunca mejor dicho. La cuestión es si podemos sacar conclusiones de la mayoría de ficciones que consumimos hoy en día. O si, por el contrario, se han quedado simplemente en eso, en otro producto más de simple consumo. En una forma mínimamente invasiva de entretenimiento, inocuo incluso a base de atracones.

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