Sin quién no estaría aquí… Darío Madrona, creador de ‘Élite’

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Darío Madrona y Carlos Montero. 

Cuando murió Antonio Mercero les pregunté a varios creadores españoles qué creían que había supuesto su figura en la ficción española. Quería, además de rendirle un homenaje a Mercero, irme a los principios de las cosas, reivindicar la escritura, la dirección, la creación sincera. ¿Sin Farmacia de guardia tendríamos la ficción española que tenemos? Aquello me dio la idea con la que arrancamos hoy esta serie de conversaciones.

En estos días extraños de consumo masivo de ficciones y relatos, he buceado entre sus responsables buscando una respuesta: ¿Quién está en los orígenes de nuestros directores, creadores, guionistas más rumbosos? ¿Qué personas, qué historias, qué momentos contribuyeron a que ellos fueron lo que son hoy, que se dedicaran a lo que se dedican? Por resumir, les he preguntado a todos: ¿Sin quién no estarían aquí?

Este va a ser un paseo por el alma de nuestros directores y guionistas, para que nos cuenten cómo empezó todo, dónde arranca su pasión por contar historias, sin quién o sin qué, nada de lo suyo habría sido posible. Quiero contar lo importante que es que alguien te abra ventanas. Un montón de creadores lo tuvo jodido para llegar a donde están: escribieron mucho, mucha basura incluso, destinaron horas, meses, años, para poder contar sus ficciones, para que el producto nacional tenga el nivel que tiene, para que podamos decir que ya tenemos una narrativa propia. Les he preguntado también quiénes fueron de niños, qué veían, qué leían, cuándo supieron que esto era lo suyo, que escribir, crear, era a lo que iban a dedicarle la vida.

Un dato: sin la apuesta de las cadenas generalistas, las plataformas tan celebradas no habrían tenido talento del que tirar. Y así también, sin destellos, frases, libros, personas, nuestros creadores habrían tomado rumbos distintos. Una de las cosas que más han repetido los autores en las conversaciones que ya he mantenido con ellos es esta: hubo alguien que me enseñó que se podía vivir de escribir, de contar, que te podían pagar por escribir. Y eso, claro, te cambia de cuajo y para bien la inquietud, la esperanza, la perspectiva…

Arrancamos con Darío Madrona, co-creador de Élite. De la serie lo sabemos casi todo. Pero de cómo empezó todo con su creador no tanto.

Sin quién no estaría aquí… Darío Madrona

Hay una frase que me encanta de su perfil de Twitter: “Soy de Murcia, pero no es culpa mía”, que resume bastante el sentido del humor contenido de Darío Madrona, 42 años, co-creador de Élite, la ficción pelotazo cuya tercera temporada acaba de estrenarse en Netflix.

Antes fue guionista a veces, creador otras, de Génesis, de Acusados, de Víctor Ros, de Los Protegidos, de Vivir sin permiso, entre otras tantas. Lo tuvo clarísimo desde el minuto cero, cuando le lancé la pregunta que encabeza esta serie: sin Carlos Montero, creador con él de Élite, no estaría aquí. Y aquí va su historia de tirón, en primera persona y sin filtros. Franca, sentimental, divertida, irónica y llena de matices, que es como deberían ser todas las historias de ficción. Y vitales incluso. Sin ella, Élite, el fenómeno internacional que ha supuesto, no habría sido posible y yo no habría tenido que ver tanto sexo adolescente acompañada de mi hija de 14 años…

Conocí a Carlos Montero hace mucho, mucho tiempo. Un amigo común me llevó a su casa, la que compartía con Mateo Gil y Alejandro Amenábar. Estaba muy impresionado, así que hablé muy poco para que no se me notara; se me notó mucho más, claro.

Luego nos encontramos un par de veces de casualidad, y yo dije más cosas y no todas debieron ser tonterías. Y así nos hicimos amigos.

Poco después, él empezó a trabajar como guionista en la tele, y esa fue la primera vez que me cambió la vida. No porque me diera mi primera oportunidad en el medio –que lo hizo; y la segunda, y la tercera también– sino porque de repente tenía delante a alguien que escribía para ganarse el pan, algo que a mí, viniendo de Murcia y no conociendo a nadie en Madrid, me parecía inalcanzable. No voy a decir que era un sueño tan poco realista como el de Penélope Cruz triunfando en Hollywood desde Alcobendas, pero casi, que al menos ella había hecho un vídeo con Mecano y yo había quedado segundo en un premio de redacción en 4º de EGB.

Carlos era guionista, guionista de verdad, y aunque tenía mucha más labia y era más desenvuelto que yo, me hizo creer que si él había podido, a lo mejor yo también. O que al menos, no tenía ninguna excusa para no intentarlo.

Gracias a él fue que escribí mi primer guion de largometraje, que era previsiblemente muy malo. Dicen que las primeras mil páginas que escribe uno siempre son mierda, y yo solo puedo asegurar que esas cien páginas eran bastante nauseabundas, pero Carlos las leyó, me dio su opinión, y lo que es más importante, no me desanimó, no me dijo que mejor me dedicara a la alfarería o al menos, abandonara las armas y me alejara de los teclados. Supongo que lo hizo porque debió ver algo de talento enterrado bajo capas y capas de torpeza; pero también porque él es así, siempre tratando de estimular a la gente para que den lo mejor de sí mismos.

Darío Madrona y Carlos Montero. 

Ese guion no llegó a ninguna parte –demasiado hizo ya llegando hasta su escritorio– así que mi “carrera” como guionista se estancó. Por aquel entonces trabajaba en una agencia de cambio de moneda en la que, por pasarme los días en Babia imaginando historias, me colaban tantos billetes falsos de cien dólares que en los últimos meses me iba a salir el salario a devolver; Carlos se compadeció de mí, y me ofreció escribir con él un proyecto de serie que le había encargado El deseo S.A., ni más ni menos.

(Hoy en día, mi abuela, que sufre de demencia, sigue contando a las amigas de la residencia que su nieto trabaja con Almodóvar; a Pedro nunca le he llegado a conocer pero ya es un poco tarde para deshacer un malentendido que a ella la hizo muy feliz.)

Con aquella serie yo cobré mi primer sueldo de guionista, lo que me convertía en profesional, algo que sin Carlos jamás hubiera ocurrido. Esa fue mi primera oportunidad, y no tardaría mucho en darme la segunda: el proyecto con El deseo no salió, yo volvía a estar en el paro y debía plantearme si volver a las agencias de cambio, las barras de bar o las mesas de restaurante, cuando Carlos me llamó de nuevo. Había vendido con Agustín Martínez una serie para Tele 5, y quería que yo hiciera una prueba de guion.

Sé que mi prueba no fue la mejor, tampoco la peor, pero a Carlos le dio igual; él se había empeñado en salvarme la vida. Así que me contrataron para ‘Maneras de sobrevivir’, una serie que acabó emitiéndose a las 3 de la mañana unos pocos domingos de agosto, pero gracias a la cual yo tuve mi primer crédito como guionista real. Ya podía ir a productoras llamándome profesional sin que se me cayera la cara de vergüenza. Y eso hice.

En una productora importante me hicieron una entrevista que fue muy bien. Y después una prueba, y estaba claro que me iban a contratar… Hasta que a mi entrevistadora la despidieron. Todo se había ido a la mierda. O no.

Porque la persona a la que contrataron en su lugar fue… Carlos. Que al poco me contrató a mí, dándome una tercera oportunidad.

‘Génesis’ era una serie para la recién nacida Cuatro, una en la que yo me sentía mucho más cómodo que en nuestras aventuras anteriores, mucho más a gusto entre psicópatas, callejones oscuros y policías insomnes, que en el terreno de la comedia, ya fuera costumbrista o moderna. Por primera vez sentí que estaba a la altura de la confianza que Carlos había depositado en mí.

“Gracias a él he conseguido todo lo que tengo, le debo mi vida, pero si me oyera decir todo esto me pediría que me callara”

Él había tenido la paciencia de esperarme, y la sabiduría de guiarme hasta llegar a ese momento. Pudo haber sido mucho más duro mucho antes, pero sabía que eso me hubiera hundido. Y es que Carlos se guarda toda su acidez, que puede ser mucha, para los que están arriba, no para los que son vulnerables. Por eso, después de un enfrentamiento con un directivo de la cadena, decidió dejar la serie, y fui yo quién se quedó a cargo de la coordinación de ‘Génesis’. Y allí, ya sin su ayuda, las pasé canutas, pero también aprendí más que nunca.

No más que a su lado, eso sí, porque con Carlos se aprendía siempre, aunque él no sea de esa gente que va sentando cátedra o disfrute escuchándose a sí misma. Con Carlos aprendes por ósmosis. De él aprendí a no tomarme muy en serio lo que hacemos, que no hay nada como estar a gusto en el trabajo, que cuatro horas bien aprovechadas son mejores que ocho sudando delante de una pizarra en blanco cuando no tienes el día. Aprendí también a luchar por mis ideas justo hasta el momento en que la persona que tienes enfrente (mayormente, él) te quiere asesinar por cabezón, a dar siempre una vuelta más a las cosas, a contar historias. Y aprendí a dimitir.

Dimitir es un arte, y Carlos lo ha practicado muchísimo. Y siempre lo ha hecho como lo hacen los valientes: con miedo. Dimitir sin miedo es muy fácil; hacerlo sabiendo cuales pueden ser las consecuencias, sintiendo el fantasma del paro soplándote en la nuca, hacerlo lleno de pánico pero hacerlo, eso sí que es valiente. Y Carlos lo ha hecho varias veces, siempre con dudas, y siempre le ha salido bien porque era lo correcto, lo que sabía que tenía que hacer por más pavor que le provocara.

Yo no he dimitido tanto ni tan bien como él, pero su ejemplo me ha servido para hacerlo un par de veces en las que no dejé que me ganara el miedo, y mi carrera y mi vida son ahora mejores por ello.

Todo eso se lo tengo que agradecer a Carlos, y más cosas. A veces de coña le digo que todos los guionistas de este país le debemos algo, porque Carlos ha ido abriendo puertas y caminos de lo que los demás nos hemos ido luego aprovechando. Que yo recuerde, fue el primer guionista que firmó con “Creado por” en la cabecera de su serie (‘Física o química). Siempre se ha hecho de valer en cuanto a salario y atribuciones, siempre ha ido ganando poder en cada una de sus series para que los que veníamos atrás y no teníamos su valor pudiéramos pedir lo mismo, sin miedo a que nos echaran a patadas de los despachos.

La última vez que Carlos me cambió la vida (ya he perdido la cuenta) fue cuando me propuso hacer ‘Élite’ con él. Y no descarto que lo vuelva a hacer, claro.

Iba a decir que yo sin Carlos sería peor guionista y peor persona, pero es que quizás sin él no sería guionista y punto (persona sería, pero claramente peor, también). Gracias a él he conseguido todo lo que tengo, le debo mi vida, pero si me oyera decir todo esto me pediría que me callara, que no siguiera diciendo tonterías, que ya vale, venga. Así que me callo.

El niño/adolescente Darío

¿Qué pasó en la infancia de Madrona? ¿Qué vio, qué leyó? ¿Quiénes fueron de niños nuestros creadores de ficción? La televisión generalista fue clave en la vida de muchos de ellos y en la de Darío especialmente. Así que, queridos padres, siento deciros que quizá el enganche a las pantallas de vuestros de retoños genere un día genio del audiovisual. Si el padre de Darío no hubiese contratado en su momento Canal+ (y aquí vendría el homenaje a Miguel Salvat, el hombre que nos trajo series como Mad men a esta primera plataforma de pago), quizá Darío estaría ahora mismo dedicándose a otra cosa.

De crío leía mucho, pero ningún libro me hizo desear ser escritor. Y crecí viendo tele con mi familia al lado, series como ‘Las chicas de oro’, ‘Aquellos maravillosos años’, ‘Chicas de hoy en día’… Pero eso no fue lo que despertó mi vocación. Lo hizo la subscripción de mi padre a Canal+ para ver el fútbol mayormente, pero que acabó conmigo viéndome todas y cada una de las pelis que estrenaban cada noche.

Así descubrí el ‘Aliens’ de James Cameron, que fue la peli que me hizo querer contar historias. Y de ahí pasé a ir al cine mucho más a menudo, y encontrar otras dos películas que me cambiaron la vida: ‘El silencio de los corderos’ y ‘Thelma & Louise’. Si me preguntas hoy en día que quiero ser de mayor, quiero ser cualquiera de esas tres películas.

Qué haría ahora mismo si pudiera

Siendo quien es ya, con su currículum, su estatus, sus contactos, su nombre, su capacidad demostrada para crear, ”¿qué te gustaría hacer si le dieran ahora un folio en blanco donde cualquier cosa fuera posible?”, le pregunté. Y Madrona volvió a ser sincero, sin ambages: lo único que no quiere es repetirse.

Esto es muy curioso. Yo siempre comento que los guionistas en España no estamos acostumbrados a ser dueños de nuestro destino. Durante mucho tiempo hemos sido como conductores de tranvía. Nos contrataban para un proyecto, llevábamos la maquinaria a su destino, y luego nos contrataban para el siguiente trayecto, siempre por encargo de productoras, cadenas… No nos salíamos de lo que nos pedían. Y de repente ahora nos dicen que llevemos un coche, nos dan las llaves, y nos preguntan a dónde queremos ir, qué queremos hacer. A mí esa pregunta siempre me deja a cuadros, no sé qué contestar. No la tengo preparada, han sido años de conductor de tranvía. Pero aunque no tenga ningún proyecto guardado en el cajón que siempre haya querido contar, sé ahora que quiero hacer algo distinto. Aprovechar esta oportunidad para hacer algo que no haya hecho, sea por la historia que cuento, el lugar donde la cuento, la gente con quien la cuento… Quiero hacer cosas diferentes a todo lo que he hecho antes. Así que supongo que la respuesta es que sé muy bien lo que no quiero hacer: repetirme.

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