el terror ojival llega a Netflix sorprendiendo a todos

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En Curon, la nueva serie de terror de Netflix dirigida por Fabio Mollo y Lyda Patitucci, nada es lo que parece. De hecho, la primera gran escena muestra lo que será el punto de partida para la historia: un misterioso campanario que se eleva desde la superficie de un lago. Nadie sabe cual es su objetivo real u origen más allá de la leyenda local, pero es evidente que el argumento se sustenta en la cualidad inexplicable de la imagen y en la posibilidad de comprender el miedo desde un punto de vista por completo nuevo.

El campanario parece flotar, elegante, macabro y tenebroso, en mitad de la narración y continuará en el mismo lugar a lo largo de los siete capítulos del programa.

Se trata de un juego audaz de metáforas superpuestas: el guion de la serie analiza lo temible a través de lo folclórico. Toma la singular decisión de incluir en el argumento una leyenda local del pueblo real de Curon Venosta, lo que brinda a la narración una curiosa cualidad tridimensional. Por supuesto, también es una mezcla de referencias cruzadas que se hacen evidentes desde las primeras escenas: hay mucho de The Shinnig (libro y película), así como de Haunting Of Hill House (también libro y serie), en los paisajes desolados y en la elegante estética macabra que brinda una impecable atmósfera a la historia.

Curon y su campanario como centro

En Curon la relación entre lo terrorífico y el clima tenso que rodea a los personajes es de crucial importancia, pero lo es aún más el recorrido lento y angustioso de la narración hacia la raíz de un misterio tenebroso.

En medio de todo, del enigmático y fantasmal campanario pende un símbolo de lo que yace debajo de lo temible, lo inquietante y lo retorcido. Con su cuidada puesta en escena pero en especial, la atención a los detalles que sostienen la atmósfera malsana que rodea al pueblo centro de la acción, el show es lo suficientemente consistente como para tener identidad propia y también, para sostenerse sobre un discurso elaborado y complejo sobre el miedo como parte de la oscuridad interior de sus protagonistas.

La serie sigue a Anna, antigua residente del misterioso pueblo Italiano de Curon, a través de su regreso a los parajes de su niñez que abandonó diecisiete años atrás en un intento de huir de la supuesta maldición que pende sobre él. Según los rumores, las campanas del campanario espectral que flota como una atalaya oscura en mitad lago se escuchan cada cierto tiempo aunque, de hecho, fueron retiradas de la estructura unos 70 años atrás.

Cuando el fenómeno ocurre indica que quien las escuche morirá, una profecía macabra que Anna conoce demasiado bien después de la muerte de su madre. Aterrorizada por la experiencia, el personaje es el centro de la forma en que el guion comprende la maldición y también, la manera sustancial en que sostiene su percepción sobre lo paranormal.

¿Todas las leyendas son ciertas?

Anna sabe que la tétrica leyenda es cierta y con tanta claridad como para huir de Curon durante su adolescencia y tratar de olvidar su experiencia lo mejor que puede. Pero ya sea porque el poder del hechizo siniestro que se cierne sobre el pueblo es demasiado poderoso o que desea afrontar el trauma que lleva a cuestas, regresa siendo una adulta.

Le acompañan sus hijos gemelos, la rebelde Daria (Margherita Morchio) y el más frágil Mauro (Federico Russo), de quienes ya estaba embarazada al momento de su huida. El retorno no puede ser más agrio: el pueblo parece haber envejecido a la misma velocidad que su ermitaño y hosco padre Thomas (Luca Lionello), el único ocupante del viejo hotel familiar casi en ruinas.

Como toda historia de terror con reminiscencias góticas que se precie, la serie está llena de sucesos extraños e inexplicables, una estética cuidada, sobresaltos inauditos y una sensación de inminente desastre que en esta ocasión está firmemente vinculada al hecho sobrenatural central que sostiene el argumento.

No obstante, el núcleo de la historia es mucho más allá que sus rarezas: la serie tiene la suficiente delicadeza para analizar lo que ocurre en medio del pueblo y sus terrores a través de sus personajes. En especial la dura relación emocional entre los gemelos Daria y Mauro, que con rapidez se convierten en el impulso motor de lo que se cuenta y más allá de eso, en reflejos de lo que se oculta debajo de la interminable sucesión a todo tipo de imágenes reconocibles da la estética del cine de terror.

El poder de los símbolos

En Curon cada elemento tiene un peso simbólico. Sus creadores tienen la suficiente consciencia de eso como para evitar que el recargado trasfondo visual entorpezca o reste validez al trasfondo narrativo que sostiene cada capítulo de la serie.

Asombra la forma en que cada capítulo se une al siguiente, como si se tratara de capas superpuestas de una idea más profunda sobre el miedo a la muerte, la incertidumbre y lo desconocido. La dinámica entre hermanos es convincente de la misma forma en que Anna muestra su angustia existencial y herida emocional en pequeños gestos de sutil fuerza.

Claro está, la serie no tiene otro remedio que entremezclar estilos, ritmos y referencias, a medida que la historia se vuelve más extraña, inquietante y conmovedora. Pero lo hace, desde la presunción que el miedo es algo más que una emoción: en realidad para la serie, se trata de una historia oculta entre las viejas paredes a punto de derrumbarse del hotel familiar o los recuerdos espantosos que atormentan a Anna.

Entre ambas cosas, Curon logra reflexionar con brillante sentido del absurdo sobre la posibilidad de lo paranormal, la identidad, el recorrido emocional hacia el centro de todos los horrores íntimos y a mitad de eso, algo más vivo y que al espectador le llevará esfuerzos comprender de inmediato. Para una serie sobria y sin demasiadas pretensiones, ese es un pequeño triunfo de enorme valor.

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