No me pierdo nada

Adelgaza, no fumes, lee y haz lo que yo te diga

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Que Mercedes Milá nunca ha sido santa de mi devoción es sabido por todos los que hayáis leído algunas de mis crónicas sobre las últimas ediciones ‘Gran Hermano’ que presentó. Que la eché de menos en la número diecisiete, también. Pero, al César lo que es del César (y nada más): que no fuera una presentadora al uso no la convierte en intelectual, ni siquiera, en un espejo en el que mirarse más allá de lo profesional (y, a veces, ni en ese aspecto). No me ha sorprendido su participación en ‘Chester in Love’ así como tampoco me escandalizaron sus declaraciones en ‘El Hormiguero’, las cuales me recordaron inevitablemente al debate de “mearse en la ducha sí – mearse en la ducha no” creado tras confesar que ella misma era culpable de hacer lo mismo que Dayron (‘Gran Hermano’ 7). Cuando ya conocemos el discurso del personaje, todo suena a historia releída. Y si os ha impresionado la polémica salida de tono de la mítica conductora de espacios como ‘Dos por Dos’, ‘Queremos Saber’, o ‘Diario De’ en el espacio que vuelve a ocupar Risto en Cuatro, no sé qué esperabais.

Y dale a la matraca…

Mercedes Milá comenzó conduciendo el reality con mayor trayectoria televisiva de España con aires esperanzadores: una presentadora de contenidos de calidad, a los que acudían intelectuales y formaban a la audiencia que los disfrutaban, se ponía al frente de un experimento sociológico del cual sabíamos poco más que los participantes concursarían aislados. Pese a que su naturalidad lanzando algunos reclamos más personales aportara al formato de un contrapunto necesario para alcanzar a los espectadores que no terminaban de conectar con el programa (algunos se enganchaban por ella, no por un concursante o por una trama), este elemento le ha acabado jugando en su contra con el paso del tiempo.

En mi opinión, que comprendiera (o dijera comprender) y defendiera contra a viento y marea solo con algunos participantes de ‘Gran Hermano’, quienes respondían a unos tópicos evidentísimos (damiselas en apuros y desgraciadas en el amor, en su mayoría) y que tratara con la mayor de las soberbias a quienes no fueran de su agrado durante el concurso decía mucho de su simpleza en el juego y de lo fino de su piel. Milá, tan aparentemente irreverente, tan solo es una presentadora sin criterio para lo ajeno a la televisión, una más del sistema: aunque en ‘Gran Hermano’ fuera a veces el elemento que necesitábamos para comprender algunas tramas y aunque fuera un imán para la audiencia, sus argumentos jamás estuvieron sostenidos por la templanza ni, mucho menos, por la ciencia.

¿Todo por la audiencia?

Hay días en los que, tras leer los titulares con sus declaraciones en la prensa televisiva, pienso que Mercedes Milá es, simplemente, una mujer que dice y hace lo que le da la gana; otros, después de reposar lo leído (y lo visionado), tiendo a creer que la supuesta naturalidad es una estrategia para épater le bourgeois: del francés, espantar al burgués o dejarlo patidifuso con algo que le deje fuera de juego. En este caso, ella espanta (y engancha, en doble vía) al público y a los compañeros de su gremio, con afirmaciones que arrasan a quien esté por delante y que, sin demasiada lógica o respeto por quien rebate sus argumentos, tan solo atienden a sus creencias particulares. Lo de la enzima prodigiosa y la falta de respeto al bioquímico José Miguel Mulet es solo una historia más del anecdotario de la periodista  y de sus juicios de valor, basados en su experiencia personal: adelgaza, no fumes, lee y haz lo que te de la gana. Me temo que hay algo que no me cuadra, Milá.

No me pierdo nada

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