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‘OT: el Reencuentro’: una excusa maravillosa para volvernos a emocionar

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La primera vez que me emocioné de forma consciente frente a la televisión fue con ‘Operación Triunfo’. Aunque en ocasiones anteriores se me habían caído las lágrimas cuando asistía al desenlace de algún título de la colección de películas Disney que tenía (y conservo) cuando era pequeña, no sabía muy bien por qué mi cuerpo se manifestaba de aquella forma. Sin embargo, con los triunfitos recién nacidos comenzaba a asentar mis pensamientos y a dar respuesta a algunos porqués fisiológicos, entre ellos, al de la emoción. Con ‘OT: el Reencuentro’ volví a experimentar todas esas sensaciones, ahora, con algo más de lucidez.

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Sobre los seres más cándidos de la pequeña pantalla

Escribir sobre la emoción es una de las cosas más complejas a las que me he enfrentado desde que mis compañeros (ya amigos) de Perdidos en la Tele me dieron la oportunidad de hablar sobre televisión, de lo que me gustaba más y de lo que menos. Será que pocos formatos nuevos han conseguido esto mismo, apretar un botón difícil de encontrar en mi cabeza que comunica con una vía directa al corazón gracias a unos recursos que no todos saben utilizar. Será que ‘Operación Triunfo’ ya los reunía a todos en su momento y que, gracias a este maravilloso documental, los ha rescatado para dejarnos a todos los que amamos este programa con los ojos llorosos, otra vez.
Pero no solo a nosotros se nos llenaban de lágrimas, sino que los concursantes que cruzaban la pasarela gala tras gala (y los que se quedaban atrás) también se emocionaban tanto como nosotros. Y no puedo comparar este llanto, el corretear de las palabras atropelladas que se quedaban en las gargantas de aquellos, como Rosa, que no podían terminar de pronunciar las frases antes de girar la pizarra dela salvación; con los lloros que hemos visto el otros formatos que vinieron después. Igual que la primera edición de ‘Gran Hermano’ es incomparable con las demás, todas las emociones que sentían estos críos (porque, aunque fueran adultos, se mostraban inocentes ante nosotros) eran puras por ser las primeras. Aunque ya hubiéramos vislumbrado los orígenes de los talents, más bien, intuido en las secciones de otros programas, este gran formato unió a un país entero para apoyar a aquellos chicos anónimos para que consiguieran sus sueños como si fueran los nuestros. Y me temo que no hemos vuelto a conseguir nada parecido.
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Sobre los reencuentros más o menos tensos

Una de las cosas que más me ha gustado de ‘OT: el Reencuentro’ ha sido la naturalidad con la que se han abordado los temas más puntiagudos. Ni Rosa ni David Bustamante ni Nuria Fergó tuvieron reparo en reconocer que necesitaron atención psicológica tras la salida de la académica, incluso que se sintieron extraños en sus propias casas y ante sus familias en su regreso al mundo real. Pero no solo los concursantes se mostraron tan y como son frente a las cámaras, tras quince años de la gran experiencia, sino que todos los componentes del equipo que hizo posible el fenómeno que revolucionó nuestra percepción del éxito mantuvieron una postura de lo más cercana y tierna: mientras Noemí Galera se emocionaba al ver cómo Naím Thomas y David Bisbal entonaban ‘Adoro’ (una de mis actuaciones favoritas de ‘Operación Triunfo’) al piano de Manu Guix, Ángel Llácer recordaba con cariño alguna de las tantas anécdotas vividas en la academia. Por su parte, Bisbal y Chenoa se daban un esperadísimo abrazo mientras todos nos derretíamos tras la pantalla. A veces, como  han podido demostrar en esta ocasión, no importa que haya pasado tanto tiempo cuando las vivencias fueron tan intensas.
‘Operación Triunfo’ no solo fue brutal para los concursantes, quienes ahora tenían una excusa para volver a encontrarse, sino para todos los que vivimos el proceso enganchados frente a la televisión. Por ello, resulta tan fácil emocionarse (como lo haría Rosa ante el abrazo de la mediática pareja) al repasar las imágenes que el archivo de RTVE conserva sobre la vida en la academia, el frenético ritmo de trabajo de los participantes y de las anécdotas más divertidas. Aunque han pasado quince años desde que este grupo de jóvenes vivieran la experiencia más intensa de sus vidas y ha llovido mucho desde que los triunfitos lanzaran al mercado sus primeros singles, parece que el reloj no ha corrido en la masía donde volveron a reunirse para esta ocasión. A pesar de que algunas actitudes nos sugieran frialdad, la complicidad atraviesa la pantalla.
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Sobre la nostalgia y la emoción

‘OT: el Reencuentro’ ha sido la excusa perfecta para que muchos de los que vivimos la primera edición de este talent recordáramos no solo las escenas sucedidas dentro de la academia, sino lo que nosotros mismos vivimos durante aquellos momentos. En mi caso, con diez años y una barbaridad de pájaros en la cabeza, ‘Operación Triunfo’ y todo su conjunto (los concursantes, los profesores, las clases, las galas, los ensayos) fueron elementos esenciales para darme cuenta de que los sueños se cumplen con talento y empeño. No ha sido el único formato televisivo revelador para mí, pero creo que lo que experimentamos gracias a las emocionantes actuaciones, al espectáculo (en el buen sentido) permanentes y a los alentadores “cruza la pasarela” marcaron un punto y aparte en la construcción de la personalidad de gran parte de los adultos de hoy. Aunque el fenómeno fan acabase desatado (no nos vamos a extrañar, a estas alturas), aunque muchos artistas rechazaran el formato y a los concursantes sin tener en cuenta sus tablas ni su trayectoria, es innegable que ‘Operación Triunfo’ fue tan emocionante en 2001 como lo es hoy, quince años después. Algo que no se consigue todos los días, ni todos los años. Algo inédito. Y yo me siento una privilegiada por haber podido disfrutar de ello y, también, por emocionarme ahora al recordarlo.

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