Desvaríos Catódicos

Paradoja triste de Gran Hermano

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Quien me conoce incluso levemente, me tiene como un fan incondicional de ‘Gran Hermano’. Y hasta hace bien poco, esto era así. Desde que se estreno la primera edición, cuando tenía 14 años, he defendido a capa y espada el concurso. Veía todas las ediciones con avidez, pasaba las horas muertas -y las vivas- en foros con el directo de fondo y comentaba en Twitter las galas y debates desde ‘Gran Hermano 12’. Mi tema de conversación favorito era el día a día de la casa y defendía con uñas y dientes a los que seguíamos el programa. Uno de los días más felices de mi vida fue cuando conocí los entresijos del plató del debate, muy cerca de la alegría que experimenté las dos veces que he acudido de público a las galas.

Recuerdo pasarlo mal en ‘Gran Hermano 8’ con las maldades de “los naranjas”, amar a Melania en ‘Gran Hermano 9’, anhelar lo que disfruté ‘Gran Hermano 3’ (mi edición favorita) viendo resignado los polvos de los totitos en la duodécima edición y suspirar con los amaneceres de Igor en ‘Gran Hermano 14’. Todos los años, el aliciente de la primera gala y presentación de los concursantes me tenía nervioso desde varios días antes. Pero desde ‘Gran Hermano 16’, el programa me produce un desasosiego inusitado (palabra repetida mil veces en la primera edición del programa, los seguidores sabrán de lo que hablo) que empezó como una anécdota, pero que ha terminado siendo un ejercicio de introspección agotador.

La zozobra viene desde ‘Gran Hermano 16’, repito, porque este desvarío no llega para unirse a las críticas de la edición vigente. La edición vigente tiene un presentador que a casi nadie nos gusta en el programa, pero queramos o no, su presencia no supone desvirtuar la convivencia en la casa de Guadalix. Acaso las galas más mierder, para criticar mejor. El año pasado, me bajé del programa la tercera o cuarta gala. No porque me molestara la expulsión de Maite, eso es algo que va con el programa; igual que ocurre en todo en la vida, nunca llueve a gusto de todos. Lo que me ocurrió el año pasado, es que de repente dejó de importarme el programa. No sin culpabilidad por la lenidad con la que me estaba tomando el compromiso tácito con mis amigos de El Cajón Desastre de comentar al menos las galas semanales, ponía en una balanza ver el programa y hacer cualquier otra cosa y siempre ganaban las otras cosas. Inconscientemente, la balanza aparecía incluso cuando  ya andaba en otros menesteres para hacerme esbozar media sonrisa resignada.

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Tanta dejadez por la relativa importancia del ocaso de uno de mis principales disfrutes, no me llevó a darle más vueltas hasta hace unos días. Tras comentar la gala de presentación de ‘Gran Hermano 17’ y casi experimentar una epifanía recordando lo tremendamente divertido que es comentar el programa desde una cuenta de Twitter con dieciocho mil seguidores, puse el directo. O lo que es lo mismo: se abrió una presa, arrasando con miles de litros de anhedonia. Vale, igual me he pasado con la exageración, a veces los orígenes sureños pesan demasiado. El tema es que pasó toda la edición ante mis ojos. No me refiero a adivinar las tramas ni nada similar. Desfilaron ante mí tres o cuatro meses de debates, de peleas absurdas, de focalizar la atención en tramas de pueriles amoríos que antes me daban risa y ahora sueño. De participar en un engranaje virtual antaño gratificante que ahora me sorprende porque incuso llega a parecerme una pérdida de tiempo.

El programa siempre se ha caracterizado por tener una cantidad determinada de contenido vacuo (según para quién, obviamente) pero disfrutaba de eso porque llenaba una parte de mí. Una inmensa parte de mí que, sin saber porqué, ha cambiado. Eso a pesar de disfrutar como siempre del inicio del concurso. A pesar de seguir defendiendo el formato y de deberle que me guste tanto la televisión. Sigue siendo mucho más que un mero concurso para mí, porque le debo mucho a nivel personal. La gente que quiero y que conocí gracias al programa, lo sabe. Ahora me aburre el hecho de pensar en permanecer despierto toda una noche comentando algo que ha ocurrido en Guadalix. Mientras, mi amor al formato sigue intacto. Soy raro de cojones. Por eso desvarío tanto.

Desvaríos Catódicos

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