No me pierdo nada

‘Gran Hermano’ 17: ni broncas ni pseudocarpetas

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El regreso de nuestro reality favorito ha traído consigo algo que ya veíamos venir: bajas audiencias (habituales durante las primeras galas, aunque sorprendentes si se mantienen en esta tendencia), espectadores hastiados y una sensación general de aburrimiento. Por mucho que desde el programa nos intenten transmitir entusiasmo o novedad, lo único que consiguen generar es rechazo en quienes llevamos tantos años siguiendo ‘Gran Hermano’. ¿Qué ha ocurrido para que lleguemos a este punto? ¿Conseguirá sorprendernos en algún momento? ¿El formato se ha convertido en una naranja insípida, de la cual es imposible sacar un poco más de zumo por muchas vueltas que le demos? Quiero pensar que no, pero hace años que acabo decepcionada cuando quiero confiar otra vez en el título que me ha sacado sonrisas, lágrimas, enfados y lecciones sobre la vida. Porque ‘Gran Hermano’ es eso: un escaparate de la vida, una oportunidad más de aprender de gente tan generosa que ha entregado su privacidad a la audiencia. Algo tan sencillo como arriesgado, que puede volverse en contra del mecanismo y reflejarse en las cifras: pese a los artificios, a las buenas intenciones y al tiempo invertido. Si no hay nada bueno que contar, ¿merece la pena gastar más energía en crear otra edición de ‘Gran Hermano’? ¿Qué es lo que está provocando que el público ya no se muestre tan ilusionado con el programa insignia de Telecinco?

'Gran Hermano' 17Un casting insuficiente

Todavía es pronto para sentenciarlo, pero me temo que la decimoséptima edición de ‘Gran Hermano’ cuenta con los mismos errores que venimos viendo tiempo atrás: los perfiles que conviven en la casa de Guadalix son planos, previsibles y sin apenas aristas que nos prometan descubrir valores y comportamientos especiales. Porque aunque una de las cosas que más me gustan de este reality es la sencillez aparente de la gente normal, de lo normal a lo común (en el mal sentido de la palabra) hay un paso muy pequeño. Pese a que ya hemos visto las primeras filias y fobias, parece que llevo viendo la misma entrega desde hace años y me entristece pensar que al público solo le interesan algunas historias: las “carpetas”, aquellas formadas con los personajes al límite de la línea que separa el equilibrio y el abismo y las que cuentan con la víctima como elemento vertebrador. En esta ocasión, seguimos viendo a los mismos personajes de siempre, con los mismos problemas de siempre. Aunque las tramas se hayan intensificado en la última semana con la entrada de Michele y Rebeca (y la revolución vivida al otro lado de la casa, cuyas sufridoras Adara y Bea han sido las mayores beneficiadas) y ya se haya hecho visible el poder de la vida extra, me temo que tengo muy claro quién será el ganador de esta edición y, para no perder la costumbre, se parece demasiado a los de los años anteriores. Qué pereza.

Un guión insostenible

Aunque ‘Gran Hermano’ no cuente con un guión tal y como se concibe en otros programas de la televisión, sí que se sostiene en una bases que hacen que no se derrumbe a medida que pasan los días. Estas bases se conforman una serie de tramas que pueden ser ideadas desde el casting o generadas de forma espontánea, además de algunos puntos estratégicos creados por el programa para aportar intriga, conflicto e interés en el público. Sin embargo, es muy difícil obtener interés cuando desde el programa no se respetan estos puntos y se menosprecian continuamente. Este año, el de los supuestos engaños (yo todavía no me he encontrado con ninguno, pues lo del peluquín de Miguel no puedo considerarlo como tal), la organización ha ideado algunos juegos que fortalezcan las tramas y generen estas sensaciones que explicábamos: el fallido ContraClub, el Club y las vidas extra, elementos que podrían haberse contradecido de no ser porque la historia ha seguido el camino más sencillo. Pero, ¿qué hubiera ocurrido si el ContraClub hubiera funcionado, y los expulsados residentes en la otra casa contaran con la caja de vida extra? ¿Nos hubiéramos olvidado de este punto, como lo hicimos con el gran secreto de ‘Gran Hermano’ 16? Estas cosas me ponen muy nerviosa, pues tengo la sensación de que (otra vez) volveremos a quedarnos con ganas de más y no me gustaría que la edición finalizara con cabos sueltos.

Un montaje que no ayuda

Es muy complicado mantener la “objetividad” del reality si el equipo tiene que compactar 24 horas en un resumen de tan solo (tiempo que dura el resumen), más aun si los anuncios también están incluidos en el metraje. Sin embargo, me resulta escandalosa la forma que tiene el programa de orientar las historias hacia su supuesto interés: no sé si tengo la memoria distorsionada, pero no recuerdo que en las primeras ediciones de ‘Gran Hermano’ se escucharan los aplausos o los abucheos desde el plató, ni tampoco cómo el presentador lanzaba acusaciones o consejos a los concursantes que, después, se quedan tocados por estas palabras y no saben cómo tomárselo en la posterior convivencia. Tampoco recuerdo que las expulsiones disciplinarias estuvieran rodeadas de un show penoso, ni que se realizaran un jueves por la noche, en el momento justo de la gala, cuando los hechos que habían desembocado en la salida del concursante se hubieran producido días antes. Si no asistiéramos a las galas ni visionaramos los resúmenes en Divinity ni nos quedáramos hasta las tantas de la madrugada de los domingos, quizá percibiríamos la realidad desde otro punto de vista. ¿Cuál es el correcto? ¿El que impone el programa o el que mantenemos quienes siguimos ‘Gran Hermano’ sin horarios y tan solo bajo el criterio del realizador que nos censura en el directo?

¿Nos mantendremos fieles o nos bajaremos del carro?

Hace mucho que me hago esta pregunta, aunque después acabo enganchada a pesar de todos los errores que encontramos en el transcurso del programa. Sin embargo, tras ediciones de payasito, de tramas inconclusas y de falsas esperanzas, me dan ganas de tirar por la borda dieciséis años de consumo (y de disfrute) de ‘Gran Hermano’ como castigo. Aunque acabo disfrutándolo, siempre termino con una sensación de vacío al no quedar cubiertas ciertas exigencias: las historias de amor resultan tan poco creíbles como faltas de pasión y los personajes más carismáticos acaban derrotados por la organización en beneficio de aquellos que solo aportan conflicto. Me gustaría recordar a gran parte de los espectadores que este programa, pese a su degradación, se basa en la convivencia y, ¿qué queréis que os diga? Empatizo con los concursantes y, al menos yo, sería incapaz de aguantar a una Bárbara, una Maite Galdeano o una Aida Nízar más de cinco minutos. ¿Acaso no sabemos divertirnos con otra cosa que no sean las broncas? Porque yo he disfrutado mucho más esta semana que las anteriores, cuando por fin Bea y Adara se han “aliado” (en contra del enemigo común, por supuesto, pero no les vamos a pedir más). ¿Es que ‘Gran Hermano’ ha descubierto que el mal rollo es lo único que generan buenos números, junto a las carpetas (o pseudocarpetas)? Pues, qué pena.

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