No me pierdo nada

‘Top Dance’ o cómo destrozar una idea magnífica

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Pese a que defiendo la idea de que no necesitamos más talents en nuestra televisión, la idea de la que partía ‘Top Dance’ no me parecía desacertada: a partir de un riguroso casting de talento y disciplina, un grupo de bailarines competiría por ser los mejores encima del escenario ante los ojos del público y, cómo no, del jurado. Sin embargo, lo que podría ser un formato dinámico, con una buena realización y un juego de luces que complemente el espectáculo al que asistimos, se quedó en un mero intento. Ni las actuaciones me sorprendieron ni las historias de los concursantes me enternecieron. La verdad, el programa no va de esto, mejor dicho, no debería.

Aunque estoy segura de que los aspirantes a entrar a la academia de ‘Top Dance’ acudieron a las convocatorias con su mejor intención y pese a que la meta final del concurso es clara (conseguir una beca de 30.000 euros para estudiar en una de las mejores escuelas de baile del mundo), tengo la sensación de que las bases del formato se dispersan a medida que la gala va avanzando: las habilidades de los participantes se quedan en un segundo plano, las actuaciones no han sido todo lo explosivas o emocionantes que esperaba y todo lo que rodea al espectáculo me ha dejado indiferente. No termino de identificarme con las actuaciones de los concursantes y la reacción de los compañeros al otro lado (diferenciada para el espectador con una baja saturación, no vayamos a liarlo) del mismo modo que ocurre en ‘La Voz’. A pesar de que entiendo que las emociones y la tensión sean elementos muy jugosos en los talents, en ‘Top Dance’ me sobran. ¿Es que no tenemos suficiente con transmitir lo que sienten quienes bailan? ¿O es que no conseguimos hacerlo?

Si las historias de los aspirantes están forzadas frente a la cámara y dejan en un segundo plano la base del programa (o sea, la danza), las reacciones del jurado no pueden estar más encorsetadas. Así como a Bustamante le faltó tiempo para soltar su llave-comodín con el participante que entraba con su novia, intentó hacerse el interesante cuando parecía (en un universo paralelo al de la previsibilidad) que la chica se quedaba fuera. Más que intriga, interés y sorpresa, el primer programa de ‘Top Talent’ me ha provocado más hastío que emoción, más pereza que empatía y más aburrimiento que otra cosa.

Las comparaciones son tan odiosas como inevitables y me resulta imposible no acordarme de ‘Fama! A Bailar’ cuando asisto al estreno del estrellado de este espacio. Tras el visionado de la primera gala tan solo puedo echar de menos el colorido suelo del plató, la acertada realización, la justa tensión del formato y la elección de la franja horaria para su emisión. La idea de este programa era maravillosa: retransmitir los avances de un grupo de alumnos de baile que, además, concursaban por ganar un premio y, sobre todo, por ser cada día un poco mejores bailarines. En ‘Fama! A Bailar’, uno de los títulos estrella de Cuatro en sus inicios, no se perdía la esencia de la constancia, del aprendizaje y de la disciplina natural de los bailarines. En ‘Top Dance’ me pierdo entre los argumentos sentimentaloides y las historias más o menos traumáticas de infancia.

Boomerang no ha acertado con el enfoque de este concurso de habilidades. Aunque recuperará el fuelle perdido con el estreno de lo nuevo de ‘Pekín Express’ en el mismo grupo de comunicación, volvemos a experimentar una saturación de talent shows en la parrilla, ¡y todavía no ha llegado ‘Masterchef’!

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