Desvaríos Catódicos

Gorka no existe

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El episodio piloto de ‘Física o Química’ arrancaba con el suicidio de un adolescente. Un suicidio inesperado y especialmente triste, como todos los suicidios de adolescentes.

¿Qué puede llevar a un chico de 17 años a quitarse la vida? La naturaleza de la infancia y adolescencia no es otra que la felicidad y despreocupación por norma, así que llega a ser antinatural cualquier deseo suicida. En la televisión el tema se trata usualmente desde un punto de vista bucólico, cediendo la parte más dura en pos de la narrativa dramática, sobre todo si hablamos de series dirigidas al público juvenil.

Esto se vio claramente en ‘Física o Química’, donde la trama del suicidio desembocaba en el descubrimiento de una serie de extorsiones que causaron el deseo de no querer vivir más de alguien que no tenía la más mínima culpa de la espiral en la que se veía envuelto. Siguiendo con la tradición de las tramas de series de instituto, el drama del acoso escolar se mostraba como un elemento más del ecosistema de los protagonistas.

Dentro de los roles prefijados de toda serie de adolescentes (hay más referentes en otros campos, obviamente, pero esto es una web de tele) el acosador y el acosado son el gato y ratón que no pueden faltar. Mostrar el asunto como algo inherente a la edad escolar es una forma de banalizar, aligerar y normalizar una realidad que causa muertes. Habría que preguntarse si esta manera de mostrar el acoso escolar no es más que un espejo de la sociedad, donde vemos común que haya matones y sufridores.

Prueba de ello fue que las mismas asociaciones de meapilas de siempre pusieron el grito en el cielo porque los personajes adolescentes de la serie follaban, pero sobre el caso que nos ocupa no dijeron ni mu. Como si follar fuera lo antinatural y el maltrato lo normal.Tenemos asumidas unas escalas de valores que dan escalofríos.

Lo peor es que las tramas suelen derivar en la redención del culpable, ofreciendo una faceta de lo más irreal donde los acosadores descubren de repente la empatía y la compasión hacia el más débil. El reparto perdona al instigador y este se vuelve de lo más majo. El patrón está tan manido que el espectador se muestra inocuo hacia la trama y le suele dar igual. Y daría igual si no fuera porque el acoso escolar causa muertes reales. En la serie se descubría que Gorka era el principal instigador del suicidio del inicio de la serie. El personaje además hacía bullying racista a Jan, el personaje chino, con nulas consecuencias.

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Gorka, interpretado por Adam Jeziersk

Como era de prever, Gorka terminaba evolucionando y se convertía en alguien encantador. Un tipo consciente de sus errores y empeñado en enmendarlos. Un mensaje precioso si no fuera porque es mentira. Los acosadores infantiles no cambian. No se arrepienten. Crecen, dejan el colegio y el instituto para recordar como mera anécdota la tortura sistemática a la que sometieron a sus compañeros, como si fuera de lo más normal arrebatar las ganas de vivir a alguien.

¿Nos paramos a pensar en un niño o adolescente que no quiere vivir? Es alguien que recibe tal grado de hostilidad de su entorno, de sus semejantes, durante tanto tiempo seguido que no le encuentra sentido a despertar un día más. Mientras más joven eres, más reducido es tu ambiente.

Observar día tras día tras día tras día (nótese la ausencia de comas, casi como perder la respiración) que formas parte de un engranaje en el que lo único a lo que se puede aspirar es a recibir golpes e insultos anula la personalidad. La asunción (qué paradoja que este término sea tan católico) de que tu papel es el último eslabón de la cadena y la resignación al maldito devenir de desprecios y golpes es un trago muy duro. Insoportable.

Insisto, mientras más joven eres, tu mundo es más reducido. Llega un momento en el que realmente piensas que toda tu vida vas a estar recibiendo palizas e insultos. Que es normal que nadie te dirija la palabra. Que siempre seas el ejemplo del que huir, mientras te preguntas qué cojones has hecho mal. Cuando recurres a los adultos y edulcoran tus problemas se colma el vaso. Los adultos suelen ver el tema como cosas de críos. Porque claro, los niños y adolescentes son crueles y ya está, hay que asumirlo.

Llega un momento en el que prefieres ocultar las marcas a enseñarlas y buscar ayuda, porque si a tus padres le repites la situación, si buscas a los profesores o a gente de fuera y la sensación que te queda es que “ya pasará” llegas realmente a pensar que eres escoria, una mierda con patas que ha nacido para sufrir sin vislumbrar el fin. Sé muy bien de lo que hablo porque de niño pasé por varios intentos de suicidio.

El deseo de dejar de vivir llega cuando prefieres aparentar normalidad en casa y cenar charlando de tonterías mientras te arde la espalda que buscar amparo en la familia porque duele aún más observar cómo tus padres no saben gestionar el tema ni son conscientes realmente de la gravedad del asunto. Cuando todos los días vas al colegio con taquicardia porque sabes la que te espera nada más llegar y hasta que terminen las clases. Cuando no tienes en el centro escolar ninguna credibilidad debido a que existe un complot tácito para desacreditarte, formado por toda tu clase y las clases aledañas, entre los acosadores y los que miran para otro lado. No hay salida. No la hay.

En mi caso, todos los coches pararon a tiempo. Recuerdo llorar por las noches con diez años por seguir vivo, porque pensaba que no había otra realidad que mi mundo de entonces. Ahora me alegro de no haber logrado mis propósitos, pero actualmente mi autoestima es una brecha que nunca se cerrará del todo. Porque he experimentado lo que significa que el mundo me trate como escoria insignificante durante más de diez años.

Los años de mi infancia. Una infancia que en realidad no fue tal. No sé lo que es ser niño, lo que es ser feliz a esa edad. Cuando hacía tonterías de crío y reía, interpretaba lo que yo veía en la tele y leía en los libros que era ser un niño, pero nunca me reconocí como tal. Porque la sociedad te exige que tienes que ser feliz siendo niño y aprendes que es el rol que te toca, sin ser consciente realmente de ello.

Incluso mi propio cerebro borró muchos episodios intentando sobrevivir. Memoria selectiva, como la de mis padres, que les sonaría a chino todo esto si leyeran este desvarío. Episodios que volvieron en forma de ataque de ansiedad cuando la pasada primavera vi en las noticias que una niña se había suicidado por acoso. Desde entonces no he dejado recibir noticia de casos parecidos.Casos actuales que vivo como en primera persona, porque pongo la mano en el fuego y no me quemo al afirmar que  realmente un ínfimo porcentaje de la población sabemos realmente lo que es no querer vivir más siendo un niño. Revives hechos como que te tiren por las escaleras y te hagas un esguince.

Que en el médico expliques la situación y todo tu entorno exhale un suspiro de resignación. Que al día siguiente tengas que subir con muletas las escaleras de cuatro pisos con la mochila en la espalda, mientras tus semejantes intentan de nuevo tirarte. En esos momentos la dignidad está de vacaciones y llegas a pedir por favor (¡¡por favor!!) que no te sigan pegando, porque tienes que ir a clase. Llegar a clase y que la profesora, consciente del percal, dé un discurso atávico y apático sobre el compañerismo. Y ya está, hay que agradecer las palmaditas en la espalda.

En cierto modo, las víctimas somos la parodia de la sociedad. De una sociedad enferma. Por eso odio el victimismo y todo lo que se le parece. Si cuento este testimonio es por si da la jodida casualidad de que a alguien al leerlo se le activa un resorte y actúa de raíz en un caso de su entorno.

No se confundan, la televisión no tiene responsabilidad ética y reside en la visión de cada uno la manera de interpretar los mensajes que recibe de ella y más si hablamos de una serie como ‘Física o Química’, con tramas de mercadillo y asequibles a todos los niveles. El problema reside, insisto, en normalizar el acoso escolar.

No me da la puta gana de que mi mierda de infancia haya sido algo normal.

Desvaríos Catódicos

4 Comments

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  2. Hugo

    10/02/2016 at 12:27

    El esquema es sencillo y se repite durante toda la vida; el “desequilibrio absoluto” es algo estable y fácil de gestionar ( se gestiona solo) mientras que el equilibrio necesita dedicación y trabajo. Aplicado a una clase donde las ó los 5 macarras de turno machacan a las que no se defienden es un desequilibrio que puede mantenerese sin apenas gestión por parte del profesorado / colegio, ¡Y funciona bien!!; las nóminas llegan a fin de mes, el curso pasa, unos aprueban y otros suspenden. Repito FUNCIONA BIEN. La otra opción es estar atento a cosas del día a día que no forman parte del trabajo de nadie; -Que si la abusona de turno a humillado a nosequien, que si le ha escupido otra vez, que si se rien de ella. Gestionar esto implica responsabilidad más allá de la nómina de cualquier profesor y no van al colegio para eso, además cuando uno se lia la manta, las cosas tienden a empeorar para quien intenta poner solución. Ese es el sistema corrupto y des-responsabilizado que hemos creado y seguimos en el.

  3. Valentina

    16/02/2016 at 18:51

    A mi también me acosaron, de los 8 a los 14 años, más o menos. Hasta que un día entré en el juego, por pura desesperación, y pegué a quien se estaba riendo de mi por milésima vez. Surtió un efecto milagroso, qué triste.

    Lo peor fueron los dos primeros años cuando, recién llegada a un colegio de monjas, cuatro compañeras de clase me hicieron objeto de sus burlas, insultos y patadas. Delante de las monjas, por supuesto, quienes jamás hicieron nada por ayudarme. Al contrario, me ponían siempre con las mismas cuatro desalmadas que me hicieron odiar estar viva siendo tan pequeña.

    Durante esos años no existió consuelo, pero al menos la vida ha resultado ser mucho más amable después. Y me consta que no tanto para, al menos, dos de mis maltratadoras. A la tercera tengo la mala suerte de encontrármela en una ciudad lejana de nuestro pueblo de origen. Tiene un hijo. Si alguna vez me reconoce y me habla tan solo le desearé que nadie le haga pasar a su hijo lo que ella me hizo pasar a mi. De la cuarta no sé nada, ni falta que me hace. Me da igual que lo que haya sido de su vida.

    A mi tampoco me da la puta gana de que ese infierno fuera algo normal. Es algo que no suelo contar, ahora es cuando comienzo a hacerlo. Y por descontado, se me rompe el corazón cuando leo que un pobre niño no ha sido capaz de soportarlo. Uf.

  4. Tania

    16/02/2016 at 21:32

    Gracias por contarlo, enhorabuena por tu valentía, siento enormemente que pasaras por algo así. Hace tiempo que intento ser profe, quiero pensar que solo con ayudar a un niño que sufra así habrá merecido la pena, eres un motivo más para aprobar las oposiciones, para echar otro currículum, para encontrar la manera de ayudar a niños que deberían reír durante cada minuto de su infancia y adolescencia, y por qué no, riámos todos, toda la vida.

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