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Último DBT: la “audiencia” ha decidido que debe abandonar el plató…

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Sigo al pie del cañón, a pesar de que los contenidos del programa de esta noche me obliguen a hacer lo contrario. Otra vez, el ritmo y los contenidos me producen más bostezos que intriga y permanecer delante de la tele y del ordenador, escribiendo esta crónica-crítica me cuesta la vida misma. Pero, ¿qué iba a hacer? ¿Abandonar en la última noche de domingo de ‘Gran Hermano’ 15? Después de once DBTs, con sus primes y sus lates, ¿qué menos que despedirme como se merece esta edición? Con una crítica cargadita de sustancia, con una mijita de mala pipa y con to’s sus avíos…

Ni al “gurrumino” ni a Hugo ha venido a ver la divina inspiración para que este domingo estuvieran un poco más correctos que en sus anteriores intervenciones. El gallego, en un alarde de fama subida a la cabeza (si el subidón ha sido rápido, la caída será tremenda) confesó haberlo dejado con su novia tras haber descubierto que tenía muchas chicas esperándolo en Instagram. La verdad, prefiero no valorar la tristeza de estas afirmaciones porque bastante en evidencia se ha dejado él solito. Por otro lado, Jonathan tampoco ha sabido disimular lo triste de su postura: si el jueves sorprendía a las primas por decir querer a las tres finalistas por igual, esta noche no iba a ser menos. De nuevo, la cobardía se le sale por las orejas.

La pobre de Yoli sigue esperándolo mientras afirma echarle mucho de menos durante sus últimos días como concursante de ‘Gran Hermano’. Pese a que la lista (de inteligente, no de listilla) de Alejandra tiene muy claro que la historia de pseudo-carpeta terminará como empezó, en el amago más penoso de la historia del reality, su prima chiquichuela no se rinde aunque tenga muy claro que el primo no le corresponderá por mucho que llore en el confesionario y por mucho que le recuerde lo especial que le hizo sentir. No la merece, Jonathan no se merece toda la ternura que Yolanda tiene que dar al mundo ni una cuñada tan maravillosa como Alejandra quien, de nuevo, nos ha quedado frases que quedarán en la memoria de nuestro programa favorito (¿ya no tan favorito?). La de Albacete afirmaba haber entrado en ‘Gran Hermano’ no para conocer a alguien, sino para conocerse a sí misma. Otra vez, en uno de sus ataques de sinceridad que tanto nos conquistan a los alejandristas como yo, la prima nos ha emocionado, nos ha hecho reír y nos ha recordado por qué seguimos aguantando una y otra noche de sopor de esta edición: porque ella es igual a pasión, a humildad y a bondad. Y, si no, ¿de qué iban a intentar que Paula no se sintiera desplazada, pese a que la catalana siempre las hubiera rechazado?

De nuevo, sigo alucinando con los calificativos, pues no merecen considerarse ni insultos debido a la poca carga de significado que conllevan (ni son palabras malsonantes ni se refieren a aspectos físicos o psíquicos que puedan hacer daño a quienes las reciban), y con cómo son dados la vuelta en el momento en que salen de la boca de uno para ir a parar en otro. Según de quiénes procedan parecen significar una cosa más fuerte u otra. Yo no sé dónde están los académicos de la RAE ni los analistas de la lengua cuando se les necesita porque, en noches como la de hoy, hacía falta que alguien aclarase a los afectados que aquellas palabras no eran tan graves como querían que pareciese de cara al espectador. “¡Oh! ¡Qué ofendido estoy!”, dirán en sus cabezas mientras van pensando en el siguiente gancho que soltar en el momento en que alguien defienda al mayor enemigo de su protegido. ¿Y qué le vamos a hacer? Al fin y al cabo, como no se cansaba Fran de repetir durante su estancia en la casa de Guadalix, “esto es un juego” y cada uno utiliza sus estrategias. ¿Podremos, al menos, criticar lo cutres que nos parecen? ¿O nos echarán por “faltar el respeto”? Por suerte, yo soy libre de decir lo triste que me parecen según qué cosas de esta edición y, como vendréis comprobando durante estos tres meses, todavía no me han pedido que abandone el plató

No me pierdo nada

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